Nada más ilustrativo de la viveza religiosa e intelectual en Puebla que el conjunto de conventos que alzan sus muros en el contorno de la ciudad. En un cierto modo, no exento de fantaseo, parece claro que tales edificaciones nos permiten intuir el pasado de una forma equiparable a la propuesta en una obra literaria o en una representación pictórica. Sugerencia o sugestión: al fin y al cabo, son esos conventos como un poema de Sor Juana Inés de la Cruz, a través de cuyas estrofas cabe familiarizarse aún más con las ideas que movieron íntimamente a la religiosa: moderna a pesar de ocupar ya el anaquel de los clásicos. Parafraseando a Octavio Paz, la visita a estos conventos de Puebla bien pudiera ser una tentativa de restitución, más allá del tiempo, por la vía de la memoria. Todo sea dicho: el poeta aplicaba esta idea a la figura de la gran escritora novohispana. A su manera, Paz pretendía «restituir a su mundo, la Nueva España del siglo xvii, la vida y la obra de sor Juana. A su vez, la obra y la vida de sor Juana nos restituye a nosotros, sus lectores del siglo xx, la sociedad de la Nueva España en el siglo xvii. Restitución: sor Juana en su mundo y nosotros en su mundo. Ensayo: esta restitución es histórica, relativa, parcial» («Historia, vida, obra», Por las sendas de la memoria. Prólogos a una obra, Barcelona, Círculo de Lectores, Nueva Galaxia Gutenberg, 2002, p. 82). Y con el mismo espíritu, reinterpretando hoy las claves del ayer, existe una esfera de connotaciones que funciona en la arquitectura conventual. Al cabo, el dominio de estos conventos es, por así decirlo, el resultado de la mística y el talento creador, los manejos terrenales del poder eclesiástico, los proyectos evangelizadores y el prestigio sobrenatural del más piadoso encierro que aceptaban aquellas siervas de Dios. Aguijoneados por la memoria histórica, podemos hallar en estas instituciones una experiencia a la par íntima y colectiva, cuyas consecuencias ulteriores sirven para delinear la identidad poblana. De hecho, la moderna ciudad no se explica sin esa pauta, y, a modo de guía, es muy provechosa la lectura de monografías y estudios como Género, raza y género literario en los conventos para mujeres indígenas en el México colonial, tesis doctoral de Mónica Díaz (Degree Granting Institution, Indiana University, 2002), Las monjas y la identidad criolla en Nueva España: Un caso ejemplar de la fundación de conventos, de Kathleen-Ann Myers (Cuadernos del IME, n.º 4, 1998, pp. 93-119) y Los conventos coloniales como espacios liberadores y de creación artística para la mujer, de Rima de Vallbona (suplemento de la Revista de Filología y Lingüística de la Universidad de Costa Rica, diciembre-enero de1995, pp. 7-23).
Con razón explica la estudiosa Rosalva Loreto López que Puebla fue una de las ciudades de la Nueva España en la que se fundó y edificó un número mayor de conventos femeninos. Según el análisis propuesto por dicha investigadora, la relación de los monasterios con el trazado urbano exige una atención especial. No en vano, los once conventos que hunden sus cimientos en el marco de la villa «dieron cierta originalidad al complejo entramado social: sus iglesias y edificaciones contribuyeron al ordenamiento y economía local y el ideal femenino que difundieron formó parte del sistema piadoso popular». Asimismo, el perfeccionamiento de los modales y actitudes adoptados dentro de sus muros fue «producto de una fusión con las costumbres familiares y sociales». A modo de expresión de civilidad, «el ingreso de las hijas en los monasterios constituyó un factor importante en la conformación de la elite y sus estrategias matrimoniales» (Los conventos femeninos y el mundo urbano de la Puebla de los Ángeles del siglo xviii, México D.F., El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000, p. 17).
Estamos, por lo tanto, ante un fenómeno piadoso que afecta a todo el entramado urbano y que, en los tiempos más brillantes de la Colonia, cristalizó según el estilo que fue configurando cada orden religiosa. Por todo esto, no ha de ser reiterativo que aportemos acá el detalle cronológico de todos estos monasterios, siguiendo en la datación las fechas que cita la profesora López. Comienza el recorrido por Santa Catalina, cuya fundación tuvo lugar en 1568, siendo el año de dedicación de la iglesia 1652. En el caso de La Concepción, sabemos que abrió sus puertas en 1593 y que el templo fue dedicado en 1617. De acuerdo con el mismo orden relativo a la inauguración conventual y a la dedicación de la iglesia correspondiente, se añaden a este itinerario San Jerónimo (1597/1635), Santa Teresa (1604/ c. 1622), Santa Clara (1607/1699), La Santísima Trinidad (1619/c. 1673), Santa Inés (1626/1752), Santa Mónica (1682/1751), las Capuchinas (1703/1711), Santa Rosa (1683/1740) y La Soledad (1748/1749). Para enriquecer el recuento, añadimos una aclaración: aunque las obras de la iglesia de La Soledad llegaron a su fin en 1731, la licencia real de fundación se hizo esperar hasta 1747. Dos años más tarde, las autoridades eclesiásticas procedían a consagrar el templo.