Si el lector desea meditar en torno a la hermosura ornamental de los edificios religiosos de Angelópolis, cabe introducir una leve reflexión acerca de la belleza y el lugar arquitectónico de esta ciudad. La planteó el polígrafo inglés John Ruskin al discutir que las anaquelerías y mostradores urbanos de su época luciesen adornos ideados para ornamentar templos y embellecer palacios de reyes. Sobre la polémica, recordaba este sabio una ley de simple sentido común: «no decorar cosas pertenecientes a vida activa y ocupada. Allí donde se pueda descansar, allí debe decorarse; donde el descanso está prohibido también lo está la belleza» (Las siete lámparas de la arquitectura, traducción y nota preliminar de Luis Escolar Bareño, Madrid, Aguilar, 1963, p. 144). Llevando el razonamiento al espacio poblano, la elección más natural es la de iluminar los ámbitos dedicados precisamente al descanso espiritual: los templos, cuya magnitud en altura y habilidad de trazado ya proveen una sensación deleitosa, incrementada luego por primorosas esculturas y otras formas de asombro; y los monasterios, colegios-seminarios y residencias eclesiásticas, cuya sobria impresión de superficie no oculta molduras de estuco, sombras de hierro fundido y recortes hechos a cincel. Por lo demás, estos rasgos de belleza incorporan otras fórmulas estéticas que enriquecen el ornato desde diversos flancos. Imposible, por esta vía, no hacer referencia a la pintura, a la música e incluso a la poesía sacra que hallan su última razón de ser en la arquitectura religiosa. Un ejemplo ilustre da la medida de esa majestad a la cual nos referimos: los Villancicos con que se solemnizan en la Santa Iglesia Cathedral de la Ciudad de la Puebla de los Ángeles, los Maytines del gloriosissimo Patriarcha Señor San Joseph, este año de 1690 (Dotados por el reverente afecto, y cordial de vn indigno Esclavo deste felicissimo Esposo de María Santissima, y Padre adoptivo de Christo Señor nuestro. Discurriolos la erudición sin segunda, y siempre acertado entendimiento de la Madre Juana Inés de la Cruz, Religiosa Professa de Velo y Coro, y Contadora en el muy Religioso Convento del Máximo Doctor de la Iglesia San Gerónimo, de la Imperial Ciudad de México, en glorioso obsequio del Santíssimo Patriarca a quien los dedica. Puestos en metro músico por el Licenciado D. Miguel Mateo Dallo y Lana, Maestro de Capilla de dicha Santa Iglesia. Con licencia en la Puebla, en la oficina de Diego Fernández de León. Año 1690).
Obviamente, la poesía también tuvo su lugar en los conventos poblanos, tan numerosos y ricos en connotaciones. Pero acá debe terminar esta digresión dedicada a la lírica, para asumir un dato cuantitativo. Porque son once los conventos que abrieron sus puertas de Angelópolis: Santa Catalina (1568), La Concepción (1593), San Jerónimo (1597), Santa Teresa (1604), Santa Clara (1607), La Santísima Trinidad (1619), Santa Inés (1626), Santa Mónica (1682), las Capuchinas (1703), Santa Rosa (1683) y La Soledad (1748). A ellos hay que añadir las iglesias correspondientes, más alguna otra ermita y la impresionante catedral. Felizmente, a partir de dicho legado arquitectónico ha ido acumulándose una muy experta bibliografía con el propósito de glosar sus propósitos y características. De la variada oferta libresca que sitúa la arquitectura poblana en el conjunto del arte novohispano, hemos elegido como fuente preferente para esta muestra un volumen coordinado por Alberto González Pozo: Monumentos religiosos en el Centro Histórico de Puebla (Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1986). Asimismo, vale la pena recordar aquí la monografía Iglesias de México. Tipos poblanos (Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2000), de Guillermo Kahlo, y un antiguo texto de George Kubler, Arquitectura mexicana del siglo xvi (Fondo de Cultura Económica, 1948). A modo de sugerencia que disculpe los breves datos que acá reunimos, también figuran en el catálogo las obras de un autor de gran importancia para este asunto, don Manuel Toussaint, a quien debemos títulos de absoluta referencia para el estudioso de la expresión novohispana, al estilo de La catedral y las iglesias de Puebla (México D.F., Porrúa, 1954), Pintura colonial en México (Instituto de Investigaciones Estéticas, Universidad Autónoma de México, 1965), Arte colonial en México (Instituto de Investigaciones Estéticas, Imprenta Universitaria, 1974) y Paseos coloniales (Porrúa, 1983).