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Oaxaca

Rufino Tamayo

Natural de Oaxaca de Juárez, Tamayo nació el 26 de agosto de 1899. La raigambre zapoteca de sus progenitores debió de animar un rasgo indigenista en la identidad del joven artista, en la línea de esa melancolía precolombina que retorna insistente a las glorias de Monte Albán. Cuando ejercía como monaguillo en su parroquia, estuvo más cerca de la vocación religiosa que de la musical, aunque ambas confluyeron en su vida. Como director del coro infantil, pensando acaso que los cánticos pueden ser en cierta manera una vía para espiritualizarse, dio a los suyos la impresión de que algún día llegaría a vestir sotana. La verdad es mucho menos altisonante: a Tamayo le agradaba el folclore sencillo y directo de su tierra, y prefería las tonadas populares a la música polifónica de la liturgia.

Siguiendo la ruta de México D. F., ingresó en la Escuela de Comercio y en 1915 acudió a un curso de bellas artes que dominó su gusto, hasta el punto de animarle a dejar los estudios mercantiles para cultivar plenamente un talento pictórico en ciernes. Desde 1921 coordinó el departamento de dibujo etnográfico del Museo Nacional de Arqueología, luego de abandonar la Escuela Nacional de Bellas Artes. Esa responsabilidad institucional de Tamayo se debió a su paisano José Vasconcelos, quien por aquel entonces era ministro. En buena medida, la poética personal de nuestro artista fraguó en dicho museo, donde pudo juzgar la belleza de las cerámicas precolombinas. ¿Será preciso, después de esa preferencia, insistir en las fuentes de nuestro artífice?

Tras participar en el proyecto de escuelas rurales fijado por el Ministerio de Educación, en 1926 inauguró la primera exposición de su obra en Nueva York. Esta es la ciudad donde vivió a fines de la década siguiente, recorriendo un camino hacia el norte que también siguieron otros muralistas mexicanos. A partir de 1938 formó parte del cuerpo docente de academias artísticas neoyorquinas como la Dalton School y la Brooklyn Museum Art School. Al igual que otros artistas oaxaqueños contemporáneos, como Francisco Toledo y Rodolfo Morales, Tamayo frecuentó la estética del mundo indígena y extrajo de ella las esencias de su creatividad, enriquecida por medio del cubismo y el expresionismo. Obras como Animales (1943), Cuerpos celestes (1946) y El cantante (1950) confirman esta dialéctica entre tendencias creativas tan distantes. Murales como los del Palacio de Bellas Artes de México y los pintados la Hyllier Art Library de Massachusetts y el Bank of the Southwest de Houston nos hablan de un artífice alejado de los dogmatismos ideológicos, proclive a la síntesis intercultural y a las ventajas de transferir con éxito diversos procedimientos pictóricos.

Cuando regresó al Distrito Federal en 1964, Rufino Tamayo era un prestigioso creador a quien galerías e instituciones homenajeaban sin reparo. Disfrutando de esas distinciones, el gran artista pereció a muy avanzada edad, el 24 de junio de 1991. Con todo, a propósito de su legado oaxaqueño, hay quien prefiere resaltar el interés del patrimonio que brindó a la ciudad por medio del Museo de Arte Prehispánico que lleva su nombre.

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