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Oaxaca

Benito Pablo Juárez

En uno de los costados del actual Auditorio Guelaguetza se alza desde 1857 un monumento que homenajea al Benemérito de las Américas, Benito Juárez. La estatua, dentro del repertorio turístico, no sólo complementa la visita al citado auditorio; también suele recibir a paseantes que deambulan por las cercanías del Planetario Nundehui, el Observatorio Astronómico y el Asta Bandera. Elevando su brazo hacia una de las salidas de Oaxaca, esta imagen de Juárez acarrea un libro en su otro brazo; dos ademanes que, indudablemente, concentran la personalidad de aquel político indígena que pudo variar tan benéficamente los destinos de su tierra.

Nacido en San Pablo de Guelatao en 1806, quedó huérfano en fecha temprana, una desgracia que condujo sus pasos hacia el Seminario de Oaxaca. Tras licenciarse en la carrera de Derecho en 1834, intervino con mayor ímpetu en la vida pública oaxaqueña, de forma que en 1853 llegó a ser diputado y gobernador. Su labor, ya desde entonces, influyó en todos los estratos de la sociedad local. «En aquel remoto estado de la República —escribe Enrique Krauze—, inadvertidamente, se estaba ensayando algo más que un nuevo estilo: una nueva ética del mando. Juárez, con su devoción casi idolátrica por la ley, su probado afán educativo (fundó 50 escuelas en distritos rurales, abrió sucursales del Instituto y lo subvencionó, fomentó la educación de la mujer), su férrea concentración de poder y la seriedad misma que imprimía a su gestión, parecía representar exactamente lo inverso de Santa Anna» (Siglo de caudillos. Biografía política de México 1810-1910, Barcelona, Tusquets Editores, 1994, p. 219). Sin embargo, la llegada al poder del general Antonio López de Santa Anna significó el encarcelamiento y destierro de Juárez. Primero en La Habana y luego en Nueva Orleans, los planes del exiliado fueron cobrando un nuevo sentido, puesto de manifiesto en 1855, cuando volvió a su tierra e intervino en el derrocamiento de Santa Anna por parte de los liberales. Ese mismo año se concretó el Plan de Ayutla, germen de la futura Constitución Federal.

En esta coyuntura, asumió, consecutivamente, dos responsabilidades: la de consejero de Estado y la de ministro de Justicia. Aunque ejerció tales cargos dentro del gobierno de Comonfort, este último dio un golpe de Estado y Juárez, constante defensor de la causa liberal, acabó de nuevo en prisión. El estallido de la guerra de Reforma complicó sobremanera el panorama político mexicano. Una vez alejado Comonfort del poder, Juárez ocupó la presidencia y puso en práctica las leyes de Reforma, que incluían, entre otros cambios, la desamortización del patrimonio eclesiástico y una férrea reforma administrativa. No sin argumentos, la legislación reformista dividió a los oaxaqueños, que se dividieron entre los conservadores de Marcelino Ruiz Cobos y Moreno, y los liberales afines al gobernador Ignacio Mejía, que finalmente lograron imponer sus razones.

Al comprender que era imposible el pago de la deuda externa, Juárez debió enfrentarse a la reacción de los principales acreedores: España, el Reino Unido y Francia. Aunque españoles e ingleses no cumplieron hasta las últimas consecuencias la amenaza militar, los franceses pusieron en marcha un ejército invasor con el fin de situar a Maximiliano, archiduque de Austria, como nuevo Emperador de México. La defensa frente a esta agresión fue dirigida por Ignacio Zaragoza, Ignacio Mejía y Porfirio Díaz. En 1863, las tropas imperiales conquistaron Oaxaca y un año después tomaron la metrópoli. No obstante, tras un largo periodo de enfrentamientos armados, las fuerzas militares fieles a Juárez recuperaron la capital en 1867. El fusilamiento de Maximiliano certificó el fin de su heterodoxo régimen y el retorno de don Benito a la presidencia. Una vez reelegido, tuvo que hacer frente a los porfiristas. Lo consiguió exitosamente en 1872, pero un ataque cardiaco acabó con su vida en Ciudad de México en 1872.

Incluso después de su muerte, Benito Juárez continuó siendo un personaje esencial para el desenvolvimiento político de los mexicanos. Ya convertido en símbolo, atrajo también la atención de observadores extranjeros, fascinados además por la controversia en torno al Porfiriato. «No bien entró —escribe José Martí—, de vuelta de su cruzada épica, a gobernar en paz a México, aquel indio egregio y soberano que se sentará perpetuamente a los ojos de los hombres al lado de Bolívar, Don Benito Juárez, en quien el alma humana tomó el temple y el brillo del bronce, volvió armas contra él un capitán de guerrilla que años enteros había estado batallando en su favor. Ayer mismo, al grito de Juárez, sacudía la lanza sobre los amigos del Imperio; y hoy, al amanecer, vencidos los amigos del Emperador, sacudía la lanza contra Juárez» («México en 1882», Páginas escogidas, edición a cargo de Benito Varela Jácome, Barcelona, Bruguera, 1973, p. 198).

Por otro lado, en este perfil no ha de faltar la oaxaqueña Margarita Maza, esposa de Benito Juárez. Esta mujer admirable nació el 29 de marzo de 1826 y murió en la Ciudad de México el 2 de enero de 1871. Ambos contrajeron matrimonio el 31 de octubre de 1843 y tuvieron once hijos. Fiel compañera y apoyo substancial de Juárez, tuvo que separarse de él en no pocas ocasiones, pero siempre actuó con valentía y compromiso personal a la hora de promover la causa juarista. Desde 1966 el nombre de Margarita figura en un lugar de honor de la Cámara de Diputados.

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