«En una capilla gótica del cementerio de Montparnasse —escribe Pedro Pérez Herrero— están depositados los restos mortales de un hombre. Encima del arco ojival del pórtico, y como único adorno, está grabada un águila posada sobre un nopal devorando una serpiente, escudo de armas y símbolo de México. En el interior de la capilla, encima del altar donde reposan los huesos, hay un puñado de tierra de México. En la lápida se puede leer: Porfirio Díaz, Presidente de México, fallecido en París el 2 de julio de 1915 a los 84 años de edad» (Porfirio Díaz, Madrid, Ediciones Quorum, Historia 16, 1987, p. 7). El dato necrológico, en esas condiciones, no es descriptivo sino evocador, pues de inmediato introduce la memoria de este militar y estadista oaxaqueño, nacido en 1830 y protagonista de un periodo fundamental de la historia de su país.
Naturalmente, a la hora de rastrear sus primeros años, ninguna fuente parece tan idónea como esas memorias donde él mismo va desgranando preferencias e inquietudes. «Aunque mi madre —escribe Porfirio— deseaba ardientemente que yo siguiera la carrera eclesiástica, no ejercía presión sobre mí, pues yo me sentía muy inclinado a ese género de estudios, porque los niños se aficionan a lo que ven; y cuando tuve después otras amistades que me inspiraron otras ideas y me abrieron más amplios horizontes, cambié de modo de pensar, y causé con esto una decepción a mi familia. Tuvieron grande influencia en este cambio mis relaciones con Marcos Pérez (...), como Juárez, un indio zapoteca de raza pura, nacido en el pueblo de Teococuilco, del Distrito de Ixtlán, y ambos podrían figurar con ventaja entre los hombres de Plutarco» (Memorias 1837 a 1852, en Alfonso Francisco Ramírez, ed., Florilegio de poetas y escritores de Oaxaca, México, D. F., Antigua Imprenta de Murguía, 1927, p. 133).
Sin duda, resultó fundamental la intervención en su vida de Marcos Pérez. Con esa inquietud religiosa firmemente adquirida, Díaz asistió a las aulas del seminario desde 1845 y luego, cuando ya alternaba la docencia con oficios más coyunturales, ingresó en el Instituto de Ciencias. Una vez clausurado este último centro por mandato del presidente Santa Anna en 1854, el joven sintió una vocación política que muy pronto hubo de cambiar por las armas. En este campo, intervino en la Guerra de la Reforma, obtuvo el grado de general en 1861 y combatió a los incursores franceses. Precisamente se distinguió por su arrojo durante la batalla de Cinco de Mayo (1863), que protegió por un tiempo a la ciudad de Puebla del avance imperial. Avanzando con sus tropas, Díaz llegó a la metrópoli el 2 de abril de 1867, lo cual sirvió muy eficazmente a la causa de Benito Juárez y configuró la leyenda popular del general. «Las peripecias de Díaz durante los cuatro años de la guerra —escribe Enrique Krauze— parecían extraídas (...) de una página de Dumas. Escapatorias inverosímiles, marchas anibalianas, escondites de fieras o águilas, organización de ejércitos. Si la virtud de Juárez en el norte fue la estoica pasividad, la de Díaz en el sur fue la tenaz resistencia: hasta en la cárcel, no cejó un instante de pelear y porfiar» (Siglo de caudillos. Biografía política de México 1810-1910, Barcelona, Tusquets Editores, 1994, p. 300).
El Partido Progresista llevó a Porfirio Díaz camino de la presidencia, pero Juárez malogró este objetivo. Por fin, tras dejar fuera del camino político a Lerdo de Tejada, fue nombrado presidente en 1880. Al asegurarse la reelección en 1884, 1887 y 1890, estableció los protocolos legales para seguir al frente del país hasta 1910. Mediante el ejercicio de la dictadura, Díaz tuvo por lema la eliminación de la controversia política y la mejora del funcionamiento administrativo. Pese a sus excesos con la oposición, el dictador favoreció el desarrollo económico y la mejora en estructuras, educación y comunicaciones. No obstante, las diferencias sociales continuaron siendo un problema fundamental, ejemplificado por un latifundismo en alza. De ahí que el Porfiriato hiciera un creciente y violento uso de la represión frente a sus contradictores. Uno de ellos fue Francisco I. Madero, fundador del Partido Antirreeleccionista, detenido en 1910 y luego huido a los Estados Unidos, desde donde promovió la revuelta. El impulso de los maderistas anuló las posibilidades de futuro del viejo caudillo, quien acabó renunciando al poder. Exiliado en Francia, pereció en 1915.
Vista con perspectiva psicológica, la evolución de Díaz puede ordenarse en varios periodos. «Las fotografías —escribe Krauze— son la prueba más obvia de su tránsito de identidad: muestran el paso del chinaco hosco y aindiado de bigotes caídos al vivaz general mestizo, y luego al hierático y sonrosado dictador con el pecho cuajado de medallas: un Bismarck americano. Estos tres momentos coinciden, además, con los respectivos vínculos amorosos de Porfirio: la india Juana Cata, la mestiza Delfina y la blanca Carmelita. La mujer como partera de identidad» (ídem, p. 314).