A propósito de don Macedonio Alcalá (1831-1869), los biógrafos dan los esclarecimientos que siguen: nació este oaxaqueño un 12 de septiembre, y probablemente un registro zodiacal explicara su afán por las artes. Estudió música con José Domingo Martínez y acreditó una precocidad mozartiana, que lo mismo manifestaba frente al teclado del piano de cola que pulsando las cuerdas del violín. Considerando esto, no parece extraño que los encantos musicales de Macedonio surgieran por improvisación. Por ello, el conjunto de su labor quedó en la memoria de su coetáneos, pero no en partituras que inmortalizasen tales avances. En verdad, más bien pocas noticias constan de su repertorio, sobre todo si se coteja dicho legado con el prolífico temperamento creativo del artista, germen de un sinnúmero de creaciones que se perdieron sin remedio. No obstante, ello no empaña la gloria de piezas como Ave María, Dios nunca muere, El cohete, Marcha fúnebre y Sólo Dios en los cielos.
Para honrar el recuerdo de este personaje, los responsables del casino Luis Mier y Terán hicieron un imaginario quite a dicho general: ignoraron su nombre y optaron por una preferencia musical para rotular el soberbio teatro, evocando así a don Macedonio Alcalá. Es de notar que aunque las obras comenzaron en 1903 la ceremonia inaugural no se llevó a cabo hasta el 5 de septiembre de 1909.
Muchos comentaristas mencionan el eclecticismo como doctrina válida para definir la disposición del edificio y su ornato. Tres son los espacios fundamentales de la estructura: el vestíbulo de estilo Luis xv, cuyas blancas paredes acentúan la yesería rococó; el salón de estilo Imperio, repleto de ingredientes refinados; y el escenario, que lejos de rendirse al clasicismo ensaya un vistoso y exuberante repertorio decorativo con aires modernistas. Esta impregnación de las bellas artes, según se deduce en cada rincón, afecta asimismo a la sala que conmemora a Miguel Cabrera, donde los pintores locales muestran lo mejor de su cosecha.
Para terminar la glosa, aludimos al exterior. En conjunto, puede asegurarse que la simetría domina el diseño: las fachadas son idénticas y sus cinco partes extraen su ordenamiento de la geometría. Por lo demás, como el ya citado estilo Imperio admite con claridad la etiqueta del neoclasicismo, también puede plantearse este elemento para caracterizar la imagen externa del teatro. Esta exaltación decorativa, si hacemos balance, acepta convergencias con el modernismo y con otras variantes de un romanticismo al gusto burgués, que debió de fascinar a la alta sociedad oaxaqueña durante el periodo de entreguerras.