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Oaxaca

19. Templo y ex convento de los Siete Príncipes

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Gracias a la diligencia de Agustín Echeverría tenemos noticia de una variante literaria muy frecuente entre los impresos coloniales: los documentos en torno a determinadas instituciones religiosas, donde la precisión hagiográfica se combina con los detalles puramente terrenales. Echevarría fue el responsable de editar un claro ejemplo de esta variedad: las Memorias religiosas y ejemplares noticias de la fundación del monasterio de Nuestra Señora de la Soledad, en esta Ciudad de Antequera, Valle de Oaxaca, escritas por las reverendas madres fundadoras (Oaxaca, Manuel M. Vázquez, 1906). Por la fecha de estampación, queda de manifiesto que este tipo de textos mantuvo su vigencia a lo largo de dos centurias. En el silencio de este trecho que ahora abordamos, un pliego de tales características es la mejor guía que podría ambicionar el viajero, pues ya el nombre del recinto arquitectónico que ha de visitar invita a desprender evocaciones de su contexto puramente hagiográfico. Los Siete Príncipes, a no dudarlo, es una denominación rezumante de anécdotas, hasta el punto de incitar los sentimientos más añejos, velados aún por el tópico novohispano.

La historia que hemos de resumir comienza a las puertas de un santuario consagrado a esos Siete Príncipes cuya santidad emocionaba a los feligreses. Aclaremos, sin desviar en exceso el relato, que se trata aquí de siete arcángeles, justamente aquéllos que los gnósticos llamaron Baraquiel, Gabriel, Jehudiel, Miguel, Rafael, Sealtiel y Uriel. Como figura en los manuales teológicos, esas siete presencias angélicas recibieron del papa San Gregorio Magno distinto nombre; a saber: Gabriel, Miguel, Orifiel, Rafael, Simiel, Uriel y Zacariel. Lo cierto es que, para complicar el ovillo, los cabalistas hebreos captaron el rasgo arcangélico en nueve figuras: Gabriel, Haniel, Jamael, Metratón, Miguel, Rafael, Ratziel, Tzadquiel y Tzafquiel. Pero acá no ha de preocuparnos tanto la identidad de esas siete inspiraciones como la obra ejemplar que les fue dedicada. Sigamos, pues, con su historia.

Gracias a la eficaz gestión del presbítero Juan Diego Martínez Castellanos, autorizó una nueva edificación eclesiástica el virrey Juan Acuña, marqués de Casa Fuerte. Esa decisión, puesta por escrito el 24 de julio de 1730, anunciaba unas obras que fueron prolongándose hasta que el templo abrió definitivamente sus puertas en torno a 1764. Una vez concluida, la iglesia de los Siete Príncipes maravilló por una eficaz disposición de líneas y la observancia neoclásica de su ornamentación. A la belleza de su muy sugestiva portada principal contribuyen ingredientes de rococó mexicano, rico en molduras y proyecciones hacia el espectador. El interior lo forma una sola nave con capillas laterales, y su mayor atractivo es el retablo donde se adora a Nuestra Señora de los Ángeles, patrona asimismo del convento que protagoniza el siguiente párrafo. Advertencia para el curioso: entre columnas, las tallas de las siete potestades ya nombradas componen un irreprochable marco simbólico.

Paralelamente a la construcción de la iglesia, el entusiasmo del obispo José Gregorio Ortigoza propició el alzado de un convento adyacente, que habrían de ocupar religiosas indígenas. Inaugurado por el canónigo Juan Pedro Alcántara de Quintana el 29 de enero de 1782, este monasterio de capuchinas funcionó hasta 1863, cuando las leyes de Reforma impidieron la continuidad del proyecto religioso. Tras años de olvido, el obispo Gillow lo adquirió en 1890 y alojó entre sus muros una escuela de artes y oficios. Desde 1933 es considerado oficialmente monumento histórico y su restauración, iniciada oficialmente en 1963, ofreció un magnífico alojamiento para la Casa de la Cultura de Oaxaca y el Archivo General del Estado.

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