Mientras proseguía su dialogante contienda con la herejía de los albigenses, el burgalés Santo Domingo de Guzmán (1170-1221) fundó en 1206 un monasterio femenino en Prouille. Más tarde, el obispo de Tolosa y el papa Inocencio iii prestaron apoyo oficial al estilo evangelizador de Domingo, que pronto desembocó en un admirable modelo de comunidad religiosa. Cuando el papa Honorio iii aprobó las reglas de la Orden de Predicadores en 1216, no sospechaba que los dominicos cruzarían un día el océano, y menos aún que se establecerían en la ciudad colonial de Antequera, fundando allí el recinto religioso más atractivo de todos cuantos en ella se dan cita. Y es que «la joya de Oaxaca —escribe Manuel Toussaint— es Santo Domingo y sólo por ver Santo Domingo se puede venir a Oaxaca. El templo sigue la disposición habitual de su orden, salvo que presenta un crucero de brazos cortos; la manera como este crucero está resuelto: dejando las formas sobre las cuales se mueve la bóveda baída del presbiterio y abriendo, bajo esas mismas formas, arcos para los brazos, parece indicar que este crucero es posterior, acaso del siglo xvii, cuando se procedió a la decoración actual del templo. La decoración es de tal magnificencia que sólo la capilla del Rosario, de Puebla, le puede competir» (Oaxaca, México D. F., Editorial Cultura, 1926; edición facsímil a cargo del H. Ayuntamiento de la Ciudad de Oaxaca de Juárez, Verdehalago, 1998, pp. 41-42).
Aunque Toussaint resume con tino las bellezas del lugar, merece la pena recuperar el orden cronológico para exponerlas con cierto detenimiento. En 1550 el Ayuntamiento cedió a los dominicos los terrenos donde comenzó la edificación del recinto de Santo Domingo en 1570, luego consagrado en 1608, cuando aún no habían terminado las obras. Con este retraso, los retablistas completaron su labor en 1612, siete años antes de haberse colocado la última piedra del convento. Junto a éste, también quedó concluida la huerta, germen del futuro jardín botánico que aún prospera en este dominio. Pero el templo aún precisó nuevos ajustes: las faenas de yesería y dorado tuvieron lugar en 1659, las torres apuntaron definitivamente hacia el infinito en 1660 y la Capilla del Rosario quedó abierta en 1731. Paradójicamente, tan minucioso proceder tuvo una penosa contrapartida cuando se aplicaron las leyes de Reforma en 1859. Tras la desamortización, el convento sirvió de cuartel a partir de 1862, lo cual ocasionó un importante deterioro en el patrimonio dominico. Con mejor ánimo, los feligreses pudieron volver a la Capilla del Rosario desde 1898, pero el resto del templo cerró sus puertas entre 1860 y 1901. Este último año inició su marcha un ciclo de reposiciones y composturas que, al fin, obtuvo reconocimiento oficial el 30 de marzo de 1933, cuando Santo Domingo quedó incluido en el catálogo de monumentos históricos. Con todo, los restauradores siguieron trabajando desde 1956 a 1972.
Aunque un recorrido tangencial conduce al paseante hasta calles tan sugestivas como Berriozábal, Macedonio Alcalá, Gurrión y Reforma, resulta imposible que ignore las bellezas que exhibe el exterior del templo: la enorme portada de tres cuerpos, las cúpulas cubiertas de azulejos y, por supuesto, los dos campanarios con vanos arcados, que nos recuerdan aquel espíritu que tan animadamente refiere Amado Nervo: «Las campanas —escribe—, esas ventrudas charlatanas de bronce, comadraban de torre a torre, armando alharaca bajo el fútil pretexto de que era aquel día víspera de una gran fiesta» (Artículos y crónicas, en Obras completas, tomo i, recopilación, prólogo y notas de Francisco González Guerrero y Alfonso Méndez Plancarte, México D. F., Aguilar, 1991, p. 443).
Con diseño de cruz latina, la nave interior se estructura en coro y sotocoro, nave, crucero y ábside, con diez capillas que diversifican las fidelidades religiosas. La cobertura es de bóveda de cañón con arcos, y en ella destaca la bóveda baída, aunque una profusa decoración se sobrepone al logro arquitectónico. Nada menos que ciento cuatro medallones recobran la memoria de los mártires dominicos. Al exuberante repertorio añadieron los artesanos toda suerte de trabajos de herrería y yesería policromada, módulos, tallas, relieves dorados y, por supuesto, cuadros de tema bíblico y hagiográfico. Desde el árbol genealógico de Santo Domingo de Guzmán hasta los lienzos de asunto mariano, todo este ornato entabla por afinidad un orden que sintetiza el barroco mexicano. Tan copiosa e inextricable es la muestra que incluso las cenizas de Carlos María Bustamante reciben la atención de los cuatro evangelistas, situados en las pechinas de la cúpula.
El convento dispone de muy atractivos patios y su decoración es igualmente armoniosa, alternándose las bóvedas con nervaduras góticas y las bóvedas con arcos fajones de medio punto. Pero sin duda, uno de los principales atractivos turísticos de Santo Domingo es la Capilla del Rosario, donde Nuestra Señora ocupa un nicho con cuatro columnas salomónicas. El oro, diluido en todas sus tonalidades, concita inesperadas secuencias artísticas en esta capilla que borra las demarcaciones entre la emoción religiosa y el arrobo estético.
El Centro Cultural Santo Domingo es el resultado de una cuidadosa estrategia de pesquisa y restauración. Inaugurado el 24 de julio de 1998, dicha institución integra en el espacio del antiguo convento cuatro centros de investigación: el Jardín Etnobotánico, el Museo de las Culturas de Oaxaca, la Biblioteca Fray Francisco de Burgoa y la Hemeroteca Pública Periodista Néstor Sánchez Hernández.