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Oaxaca

20. Tempo de San Agustín

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Aunque la tradición de los agustinos vincula el origen de su Orden a la comunidad que San Agustín creó en Hipona, la certeza histórica nos sitúa en la encrucijada entre los siglos XI y XII, y más concretamente durante el periodo en que se movilizaron conjuntamente diversos grupos de penitentes italianos, afines a aquella Regla agustiniana que difundió Inocencio IV en 1244. Por decisión del papa Alejandro IV, estos ermitaños de San Agustín formaron una congregación tras la asamblea general organizada a tal efecto en Roma (1256). Tras el ajuste de sus constituciones (1287) y su incorporación al conjunto de órdenes mendicantes (1567), el influjo cautivador de los agustinos fue extendiéndose por Europa y, por efecto de la Conquista, llegó también al Nuevo Mundo. En Antequera de Oaxaca se instalaron en 1576 gracias al fundador, fray Juan Adriano, y muy pronto desempeñaron distintas actividades docentes, tanto en su escuela de humanidades como en la universidad.

En el origen del convento y el templo de San Agustín figura el obispo fray Fernando de Albuquerque, quien cedió los terrenos necesarios para la edificación. La estructura original, realizada con materiales de escasa nobleza, fue inaugurada en 1586, diez años antes de que hubieran llegado a su término las obras. El precario ensamblaje, pese a los ingenios aplicados en él, no resistió el paso de los años. Ello propició un nuevo trazado a fines del siglo XVII. A lo largo de tres décadas, el capital del adinerado portugués Manuel Fernández Fiallo y de su acompañante en el patrocinio, Lorenzo de Mendoza, permitió la construcción del moderno recinto. Por fin, en 1722 se celebró formalmente la consagración y los fieles pudieron calibrar el grado de belleza logrado por el arquitecto.

La portada barroca que diseñó Tomás de Sigüenza alberga tres cuerpos, el primero de los cuales exhibe un arco de medio punto a juego con el pórtico y con dos nichos laterales, flanqueados por columnas jónicas, donde figuran las estatuas de San Nicolás Tolentino y San Juan de Sahagún. Más denso de significados, el segundo cuerpo recibe a San Agustín de Hipona, San Alipio y Santo Tomás, quien fuera obispo de Valencia. El discurso hagiográfico prosigue en el tercer cuerpo, donde encontramos a Santa Clara de Montefalco y a Santa Rita de Cáscia. Completando la serie, Nuestra Señora de Guadalupe preside el entablamento, no lejos de la Inmaculada Concepción. Por su lado, la nave interior sigue la disposición clásica de los templos novohispanos. Acaso el mayor tesoro sea el prodigioso retablo barroco del Altar Mayor, en cuyo centro reaparece San Agustín, rodeado por figuras y óleos de asunto piadoso. Dos retablos más, habilitados en los transeptos, concentran la atención sobre San Nicolás Tolentino, Santa Mónica, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, Nuestra Señora de la Asunción, la Virgen con el Niño y San Juan Bautista. Esta concentración de imágenes parece reforzar el interés de las dos reliquias que atesora el templo: un hueso de San Agustín y un trozo de tela que vistió a San Nicolás Tolentino.

Tras la aprobación de las Leyes de Reforma, el convento pasó a alojar en 1862 el Instituto de Ciencias y Artes. La intervención en 1893 del obispo Gillow impidió que el conjunto perdiera su identidad, y gracias a este benefactor el convento admitió la apertura de la Casa de Cuna, un meritorio centro de atención a la infancia desamparada.

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