A través del frondoso repertorio devocional, llegamos a los símbolos que van articulando el discurso cristiano. En clave metafórica, el templo y ex convento de la Preciosa Sangre de Cristo nos sirven para atrapar esencias que intuyó Amado Nervo el 28 de diciembre de 1895: «no es mi Cristo —escribía en esta fecha— ese Cristo barbilindo, de bucles más rubios que el trigo, de ojos más azules que el Tiberíades, de tez más fina y sonrosada que las flores de Nazareth». En contraste, su Cristo «es el varón fuerte, el varón púgil que lanza un rayo sobre la testa calva del Apóstol de las gentes, y le dice con la voz prodigiosa de ese rayo: —Saulo, ¿por qué me persigues?» (Artículos y crónicas, en Obras completas, tomo i, recopilación, prólogo y notas de Francisco González Guerrero y Alfonso Méndez Plancarte, México D. F., Aguilar, 1991, p. 442). No pocas veces la literatura piadosa declara emociones que la teología no aborda. Lo sabía Nervo y ello le condujo hacia una certeza que explicó poéticamente: Jesucristo impera en la conciencia humana a través de las generaciones. Y aunque el lector, en su libre albedrío, no comparta el sentimiento religioso del escritor, ha de saber que la estética cristiana —tan vigorosa y apremiante como el Mesías que nuestro poeta dibuja— recrea el modelo mítico hasta engendrar una dialéctica trascendental, tan compleja como apasionante.
Como ahora veremos, la arquitectura es un arte idóneo para fijar dicho relato. Así, en el espacio donde hoy figura el templo de la Preciosa Sangre de Cristo hubo un panteón hasta mediado el siglo xvii. Quien estableció el proyecto constructivo fue el padre Lorenzo de Olivera, que lo fundó dentro de este marco fúnebre en 1689. En la portada, la atribución de significados es particularmente densa. Los nichos de ambas fachadas, resguardados por pilastras lisas con capitel toscano, reúnen figuras alusivas a la Pasión de Cristo, el arcángel Uriel, la Cruz de Lorena y San Lorenzo. La nave de la iglesia es única y dispone de bóveda de cañón corrido. Confirmando la devoción predominante, en el sencillo altar crece en intensidad la escena del Crucificado gracias a la presencia de dos ángeles.
Entre los adornos que, dentro de su humildad, iluminan el interior también cabe destacar una serie de cuadros hagiográficos, alusivos a la Virgen del Corazón de Jesús, el Triunfo de la Iglesia, Nuestra Señora de Guadalupe y la Santísima Trinidad. Este caudal semántico cumplió fines catequéticos desde que el obispo Gillow otorgó a la iglesia en 1893 la categoría de parroquia.