En las plazas novohispanas triunfan los elementos institucionales y quizá hasta requiere mejor destreza el protocolo que el tiralíneas. Porque, como ha observado Jorge E. Hardy existe una variedad urbanística que llamaremos modelo clásico, consistente en una cuadrícula de damero regular que integra las correspondientes manzanas, generalmente cuadradas en el área central y rectangulares en la exterior. Para captar tanto la imaginación del arquitecto como los propósitos del Virrey, la plaza real o plaza de armas servía de centro a este conjunto de masas y formas, a las cuales orientaba y a la par dominaba. De ahí que las labores corrientes del gobierno civil y eclesiástico se realizaran en el Zócalo, mientas que las órdenes mendicantes construían sus edificios en la periferia, cumpliendo una tradición nacida en la Europa medieval, cuando estos frailes aún no podían hallar un terreno intramuros donde alzar sus conventos. Los nuevos barrios, por consiguiente, iban creciendo en torno a esos monasterios y parroquias, mientras que la zona tangente con plaza mayor quedaba en manos de instituciones, potentados y notables.
En el caso de la Villa de Antequera, la cronología confirma dicho proceso en su plaza principal. La trazó en 1529 Juan Peláez de Berrio y luego sirvió a Alonso García Bravo para componer el primer damero urbano. A diferencia de lo que sucedió en otras ciudades novohispanas, no hubo empedrado en este espacio oaxaqueño durante el periodo virreinal. A modo de embellecedor, una fontana labrada en mármol trajo las aguas desde 1739, pero también esta fuente quedó eliminada cuando las autoridades aceptaron el proyecto de colocar un quiosco en 1857. No duró demasiado la estética así definida, pues el 15 de septiembre de 1885 sustituyó al quiosco una estatua dedicada a don Benito Juárez. (Conviene diferenciar, en este caso, otro monumento a Juárez, aún más popular: realizado en bronce hacia 1857 y próximo al auditorio Guelaguetza, sus dimensiones hacen de él uno de los símbolos característicos de la ciudad.)
En fecha posterior, como una interrupción necesaria, se dispuso un cambio en el agrupamiento de la arboleda y desde 1901 otro quiosco, esta vez modernista, consiguió que el ambiente Art Nouveau fuera la cualidad principal de la plaza durante el gobierno de Porfirio Díaz.
Desde 1967 los cambios y enmiendas han logrado mejorar aún más el diseño original. Aparte de la introducción de comercios, hay nuevas fuentes y esculturas de cantera verde que sorprenden al recién llegado. A pocos pasos, se eleva el Palacio de Gobierno, edificado en 1832, abierto en 1884 y sometido a reestructuraciones a lo largo del siglo xx. Aparte de su fachada de cualidades neoclásicas, son de admirar las pinturas murales que realizó en el interior, siempre con un excelente sentido de la composición, Arturo García Bustos.
No obstante, si lo realizamos en clave sentimental, el paseo es más saludable en el exterior, sobre todo cuando nos gana aquella emoción —hiperestesia, dirán algunos— que Manuel E. Rincón puso por escrito en 1882, con verso delicado pero sin evitar cierto desaliño en la rima: «Pasó la primavera con sus flores / sus galas, sus aromas y armonía; / secos están los árboles que un día / orgullosos mostraban sus verdores. / La fuente, con tristísimos rumores, / turba la calma de la selva umbría, / y caen al soplo de la muerte impía / las hojas que perdieron sus colores» (Alfonso Francisco Ramírez, ed., Florilegio de poetas y escritores de Oaxaca, México, D. F., Antigua Imprenta de Murguía, 1927, p. 59).