Las figuraciones religiosas de la capital hallan su complemento en las cercanías del perímetro urbano. Por ejemplo, la ruta del noroeste, una vez recorridos quince kilómetros sobre el asfalto de la carretera federal 190, conduce a un emplazamiento que nos interesa por la iglesia que allá se eleva. Con su bravío nombre, este Templo del Señor de las Peñas fue diseñado por las mismas fechas en que el arquitecto trazó el convento y la villa de San Pedro y San Pablo Etla.
Según refiere la placa que figura en el claustro, los trabajos de los albañiles concluyeron en 1636. No obstante, los cronistas indican como fecha de comienzo 1529, e identifican como protectores de las obras a dos religiosos, José Calderón y Alfonso Espinoza. Tanto el atrio como la iglesia y el convento acogen la multiforme generosidad de la cantera verde, la cual encarna todas las metamorfosis de la arquitectura de Oaxaca, a tal extremo que Manuel Toussaint la llamó ciudad de jade. A su modo de ver, el matiz verde, acentuado en la tonalidad de los edificios por la humedad, es el color inconfundible de la vieja Antequera, de igual forma que el rosa corresponde a Querétaro, el rojo a Zacatecas y la policromía con predominio de los rojos y los azules a la muy noble Puebla de los Ángeles.
En el flanco meridional del templo figura el convento, donde sobresale el portal de peregrinos, dispuesto a modo de galería de arcos de medio punto. En el claustro cabe distinguir dos niveles en una estructura que, imaginariamente, se proyecta hacia el interior, hasta alcanzar el patio reparador, esta vez ceñido por arcos de medio punto y corredores abovedados. Ese transporte hacia el centro, como ahora veremos, es también un trayecto hacia los símbolos principales del lugar.
Una vez conocido el ajardinado atrio, destaca en el templo su portada de dos cuerpos. La representación de la entrada no es original pero su sencillez favorece la concordancia de líneas: un arco de medio punto y una hornacina, con un vigoroso frontón a modo de remate y un reloj en el tímpano, constituyen un acuerdo armónico propio del barroco mexicano. Este respeto al canon perdura en el interior, integrado por una nave cubierta de bóveda de cañón corrido. Claramente, la evocación llamea en el presbiterio, donde un ciprés dorado alberga la figura del Señor de las Peñas. Esta imagen, conviene decirlo, participa de la lírica. No en vano, «para resucitar —escribe Amado Nervo—, Cristo fue poeta también. Alzó el vuelo al alba como las alondras. Todavía no se levantaba el sol cuando su carne luminosa hendió el azul atenuado de la aurora para ir al seno del Padre» (Artículos y crónicas, en Obras completas, tomo i, recopilación, prólogo y notas de Francisco González Guerrero y Alfonso Méndez Plancarte, México D. F., Aguilar, 1991, p. 783).