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Oaxaca

24. Templo y ex convento Monte Albán

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Sin duda, perdieron a muchos arqueólogos y buscadores de tesoros las tentaciones de la prisa. De todos los destinos amargos, el más amargo acaso es el del rastreador que empeña su vida en una pesquisa sin fin, malograda una y otra vez a pesar de disponer de pistas alentadoras. «Había hombres —escribe Amado Nervo— dedicados exclusivamente a buscar tesoros, guiados por relaciones. En estas, generalmente, un muerto indicaba el sitio preciso del yacimiento: “al pie de un chopo grueso hay una piedra cantera; partiendo de ella hacia la derecha se anda diez varas y se encuentra otra piedra, la cual se levanta. Debajo de ella hay losas ademadas, y debajo de las losas, removiendo un poco la tierra, está un tibor”...» (Artículos y crónicas, en Obras completas, tomo I, recopilación, prólogo y notas de Francisco González Guerrero y Alfonso Méndez Plancarte, México D. F., Aguilar, 1991, p. 624). Con tan gallarda explicación, difícilmente hubiera sido posible sondear los resquicios de Monte Albán, que es como si reprodujésemos en tierra oaxaqueña la gesta de ciertos afamados egiptólogos, y no la de folletinescos cazatesoros como los que Nervo describe. De aquí precisamente nacen la dificultad y el mérito de la excavación de sepulturas como la número siete, donde, aparte de un caudillo mixteco y sus difuntos acompañantes, reposaba un prodigioso tesoro de marfil, jade, perlas, oro, alabastro, marfil y turquesas.

En los cuarenta kilómetros cuadrados que ocupa Monte Albán caben el vértigo del turista y la mal disimulada avaricia del merodeador, la memoria histórica y la ciencia más ferviente. Al ordenar un yacimiento arqueológico que con todo se encanta, los especialistas pueden guardar en sus carpetas esbozos y anotaciones acerca de un milenio de civilización dividido en estratos: el que llega hasta la Conquista partiendo desde el año 500 antes de Cristo. O dicho de otro modo: la cadena de una argumentación que explica por qué una gran ciudad zapoteca pasó a ser una necrópolis sin rastro de vida. Por lo que sabemos, fue horadando una montaña como aquellos primitivos ocupantes retrasaron el triunfante acoso mixteco. Para ocupar sus días, cincelaron bajorrelieves en el Templo de los Danzantes, exaltaron poéticamente a sus dioses en las edificaciones de finalidad sacerdotal, pasearon por la gran plaza e incluso liberaron las pasiones en el Juego de pelota. Pero al final, solo les quedó el silencio.

Aunque hallamos pasadizos subterráneos, no cabía entre los habitantes de Monte Albán la prevención de ocultar esa magnificencia de la urbe. De hecho, cuando los zapotecas dejaron de disfrazar su pensamiento mediante jeroglíficos, los mixtecas se apropiaron de esta arquitectura y como corolario de su refinamiento, aportaron una gran habilidad a la hora de diseñar urnas funerarias. Este rasgo interesa mucho a los arqueólogos, que prosiguen su búsqueda para, al fin, desempolvar pinturas al fresco y reunir en sus cajones alhajas de incalculable valor, muchas de ellas admirables en los museos de la ciudad.

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