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Oaxaca

26. Mitla

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Como si se rasgara un velo y se adivinase por un segundo la sombra prehispánica, el pueblo de San Pablo Villa de Mitla inaugura a 44 kilómetros de Oaxaca de Juárez una visita al pasado. En realidad, un pasado que es el sedimento de siglos de civilización, pero que, por efecto poético, adquiere vigor en este centro ceremonial cuyo nombre en náhuatl significa «Lugar de los muertos» y que en lengua zapoteca cabe traducir como «Lugar de enterramientos». Todo ello hubiera sido descrito con lirismo por Andrés Henestrosa, pero en nuestro caso, para contextualizar el efecto que causa semejante panteón, basta con advertir que Mitla creció en vigor durante el período llamado postclásico, fechado entre 750 y 1521. Dicho de otro modo: sus cinco grupos de edificios —entre ellos, dos de estilo zapoteca— lucen relieves válidos para entender cabalmente el apogeo y caída de una cultura abolida por la conquista.

La gracia decorativa de Mitla parece conmemorar rituales de gran solemnidad, al estilo de los muchos que debieron de llevarse a término en las construcciones del grupo del Sur y del grupo del Adobe. Los otros tres conjuntos edificados —a saber: el grupo del Arroyo, el grupo de las Columnas y el grupo de la Iglesia— permanecen aún rodeados de misterio, pero sus reminiscencias no son ceremoniales o religiosas sino palaciegas y, por tanto, más bien mundanas. Así, entre los monolitos del grupo de las Columnas caen sobre el polvo la impaciencia cortesana, los rigores de viejos soberanos y el caparazón de soberbia que caracteriza a todas las sociedades estamentales.

En el plano arqueológico, la distinción de Mitla es inequívoca, no sólo por las pistas que proporciona acerca de ese periodo que citamos; también por tratarse de un venero de restos cerámicos, fundamental para reconstruir la estética de los zapotecas y mexicas. Estelas, vasijas policromadas y piedras de evocador relieve concretan un ciclo al que no son ajenos los códices, la multicolor cerámica Yagul y otras maravillas que salvaguarda el Museo Frizzell.

Se diría que, pese a los siglos transcurridos, el arte precolombino hubiera querido darnos acá un ejemplo definitivo de su esplendor. Rotos los hilos de aquella sociedad, las piedras aún celebran días gloriosos y divinos atributos, incómodamente transformados en una masiva —pero no superflua— atracción turística. De hecho, el curioso no tiene más que dibujar un gesto tras su cámara para dejar correr esa fantasía que le ha sido negada largo tiempo por la rutina. En ausencia de otras insinuaciones novohispanas, una hermosa y coloreada iglesia reconforta a quienes desean ver aunadas, bajo el signo de la cruz, las dos principales tradiciones que confluyen en la identidad mexicana. En esto, por lo demás, el patrimonio novohispano de Mitla concuerda en sus causas y efectos con los de Santa María del Tule, Tehuantepec, Teotitlán del Valle, Tlacochahuaya y Tlacolula.

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