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Oaxaca

3. Jardín Etnobotánico

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¿Dónde la feracidad de Oaxaca ha sido mejor explicada que en el recinto científico de Santo Domingo? Probablemente ésta sea la razón por la cual podemos adentrarnos en sus lindes para sintetizar, con la precisión de una reproducción impecable, los preceptos e infinitas copias y variaciones de la botánica local. No obstante, sepa el lector que no hablamos de uno de esos invernaderos que parecen elevarse en el aire, sino de una huerta al estilo de las que, parafraseando a Mario Praz, parecen circundadas de amplios silencios verdes, tan sólo interrumpidos por el mugido de un poderoso buey o por el murmullo de un arroyo cercano.

Razón de peso: manteniendo alto el prestigio del Centro Cultural Santo Domingo, emplazado en el ex convento del mismo nombre desde el 24 de julio de 1998, el Jardín Etnobotánico enlaza sus actividades con las de otras instituciones que funcionan en la misma sede: el Museo de las Culturas de Oaxaca, la Biblioteca Fray Francisco de Burgoa y la Hemeroteca Pública Periodista Néstor Sánchez Hernández.

Esto nos lleva a considerar una cortesía poco frecuentada entre disciplinas académicas diversas, pues abriendo los compartimentos del Museo de las Culturas puede el visitante tentar más de un detalle etnográfico que le conducirá, muy animadamente, a los parterres del jardín. En esta colaboración cobra ventaja la biología, lo que le confiere al despliegue botánico esa voluptuosa fascinación de los herbarios que acumularon Mutis y otros ilustrados. Al hacer este esfuerzo que lleva del documento al esqueje, nos sorprende nuevamente esa biodiversidad oaxaqueña por la que, entre raíces y ramas, parecen vagar los viejos dioses. De ahí que, señalando hacia el microcosmos que integran éste y otros parques y jardines, podamos interpretar el colorido vegetal como otro de los detalles inseparables de la identidad urbana. Para convencer al lector dudoso, basta con memorizar algunas de las especies típicas del Estado, diversamente estudiadas en el Centro Etnobotánico de Santo Domingo. A saber: el maíz, el cazahuate, el flamboyán, el fresno, el huamuche, la jacaranda y el fríjol que habitan los Valles Centrales; los nogales de Zuachila, los sauces, limoneros y sabinos de la cañada, los madroños y encinos de las tierras altas, el tejocote de la región mixteca, las orquídeas de la Sierra Norte, el pino, el ocote, la caoba y el enebro de la Sierra Madre del Sur; la palmeras, el mango, el gaupaque, la quiebrahacha, el palo de brasil y la yuca del Istmo, y aun sin dar por terminada esta siembra, también concurren acá las plantas subtropicales del bosque de la Chinantla, que intensifican todavía más el verdor.

A falta de espacio, citamos aquí este repertorio como una tentadora invitación para el paseante, a imagen de la fecundidad que tan sugestivamente detalla el escritor Emilio Carballido: «El pasillo y el barandal eran un bosque, un intrincado invernadero, con plantas que parecía imposible ver aclimatadas en esta altura seca de la ciudad. Tenía, por ejemplo, dos huacales de orquídeas, a los que conseguía ver florear una vez al año; los helechos crecían tan frondosos como en una gruta; había macetas con yerbas de olor, para usar en la cocina; yerbabuena, epazote, culantro, acuyo (que aquí en México le decían yerba santa) (...) Los mastuerzos eran los menos exigentes: crecían en latas, sol o sombra les daba lo mismo, se llenaban de flores y hacían cortina para la deprimente ruina de los muros» («La desterrada», en Narrativa mexicana de hoy, prólogo, selección y notas de Emmanuel Carballo, Madrid, Alianza Editorial, 1969, p. 95-96).

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