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Oaxaca

5. Templo de San Matías Jalatlaco

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La mención de Jalatlaco invita a repetir una crónica que principia con la insurgencia del cura Miguel Hidalgo y Costilla. Nos hallamos en 1810 y el virrey acaba de ordenar a las fuerzas de Francisco París que pongan coto a los rebeldes. Pero estos doblegan a París y trastornan el equilibrio monárquico en el territorio. Con el orgullo de la victoria, Hidalgo nombra a José María Armenta y Miguel López de Lima como emisarios que han de granjearse nuevas lealtades en Oaxaca. Para su desgracia, los realistas dan con ellos y los ejecutan en las proximidades del lugar que tantas veces nombramos en estas líneas: Jalatlaco. A modo de coda, cabe añadir que no son éstos los últimos sacrificios ofrecidos a mayor gloria de la causa independentista. Sin ir más lejos, en 1811 fueron condenados a muerte los conspiradores oaxaqueños José Cantarino Palacios y Felipe Tinoco; y ese mismo año Antonio Valdés y las fuerzas reclutadas en Tataltepec sufrieron la derrota a manos del coronel Luis Ortiz de Zárate.

Dentro de la ciudad de Oaxaca, Jalatlaco es un barrio situado al noreste de la Plaza de la Constitución. En realidad, el templo de San Matías se alza en la encrucijada entre las calles de Aldama e Hidalgo, y allí, una vez más, la historia excita nuestra evocación por medio de tales nombres. Porque, según narran las crónicas, Jalatlaco ya estaba poblado cuando Francisco Orozco llegó a este emplazamiento el 25 de diciembre de 1521. Otra efeméride: en torno a 1669, construyeron acá una ermita bajo la advocación de Santa Catarina Mártir, y el templo que la sustituyó mantuvo el mismo patronazgo hasta que en 1700 el apóstol San Matías cobró un protagonismo más que singular en el corazón de los feligreses.

Reconstruido en 1713 y sometido a nuevos arreglos en 1754, el templo sobrevivió a la Reforma, resistió su efecto desacralizador y llegó hasta nuestros días con un honor que le concedió el 13 de marzo de 1941 la Comisión de Bienes Nacionales: la condición de monumento histórico. Entre sus principales hallazgos arquitectónicos, distinguen los especialistas la portada de dos cuerpos, enmarcada en un plano geométrico de molduras, alineamientos y labrados en cantera. Al cabo, quizá sea verdad que tal procedimiento consigue emular ciertas armonías celestes. Una sola nave, resguardada mediante la típica bóveda de cañón, compone el espacio interior de la iglesia, donde los fieles pueden honrar a San Matías en el retablo mayor, obra privilegiada que conecta con los orígenes del recinto. Por medio de dicho retablo, queda una vez más de manifiesto que nos hallamos ante el genuino teatro de la memoria.

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