A las puertas de este recinto, sobrevuela la memoria del noble milanés don Lorenzo Boturini y Benaduci, señor de la Torre y de Hono. Cuenta Alfonso Reyes que el tal Boturini llegó a México en 1735 actuando como mandatario de la condesa de Santibáñez. El propósito de tan azaroso viaje: reclamar en nombre de esta dama una pensión que le adeudaban las Cajas Reales. El caso es que el curioso Boturini quedó prendado de la tradición mariana de la Virgen de Guadalupe, y sondeó ese núcleo de mexicanidad reuniendo pliegos, notas y documentos relativos a las apariciones de la Virgen. «Un día —escribe Reyes— solicitó y obtuvo licencia de Roma para coronar la imagen de la Guadalupana y pedir, con ese propósito, limosnas y oblaciones». Pero su piedad fue confundida con el merodeo y el virrey Cebrián, a la sazón conde de Fuenclara, mandó prender a nuestro investigador en 1743, con el pretexto de algunas irregularidades de forma en la concesión de las citadas licencias. Fue entonces cuando los alguaciles desbarajustaron el archivo de Boturini, mostrando una tosquedad más propia de mercenarios. «Accedió, entre protestas, a dirigir el inventario de sus papeles, que mandó hacer la autoridad. Estuvo varios meses preso, los recursos económicos se le agotaron, y cuando lo remitieron a España para continuar el proceso, era ya un mendigo. Fue absuelto Boturini en España, pero su museo y sus papeles se quedaron en México» (Entre libros, en Obras completas de Alfonso Reyes, tomo vii, México D. F., Fondo de Cultura Económica, col. Letras mexicanas, 1996, pp. 410-411). El patrimonio guadalupano del milanés sufrió un bárbaro despojo a lo largo de los años, pero, como antes decíamos, nos permite mirar con nuevos ojos las diversas iglesias que edificaron los mexicanos en honor de su patrona.
Oaxaca no es una excepción a esa fidelidad nacional. Además, el templo y el ex convento de Nuestra Señora de Guadalupe corresponden al apogeo artístico novohispano. Bastante después de iniciarse las obras de construcción (1644), la iglesia fue inaugurada. Esta ceremonia se celebró el 12 de diciembre de 1686, poco antes de que los hermanos betlemitas se alojaran en el convento adyacente. En clave simbólica, las tres coronas de la orden iluminan la clave del arco que conduce al claustro. De otro lado, la finalidad prioritaria de los frailes era practicar la caridad con los enfermos, lo cual explica que la Capilla de Belén (1807) sirviera como sanatorio y centro asistencial para los leprosos de la zona hasta 1820. La desamortización establecida por las Leyes de Reforma convirtió la capilla en Hospital Civil, y como tal funcionó entre 1862 y 1864. Afectado por la misma legislación, el convento hizo las veces de hospital militar, escuela, seminario y cuartel. A causa de los temblores de tierra, el recinto sufrió calamitosos desprendimientos y quebraduras que precisaron distintos arreglos a partir de 1884. Felizmente, en 1939 el Estado se hizo cargo de su gestión, otorgando protagonismo a los restauradores.
En cuanto a sus cualidades formales, los cierto es que el templo cumple el canon novohispano: la traza muestra una sola nave de cañón corrido y dispone de una cúpula de tambor octogonal para cubrir el presbiterio. Con voluntad heterogénea, los campanarios poseen un aire modernista derivado del proceso de rehabilitación, en contraste con los ingredientes neogóticos de la capilla. Algo más originales son las pilastras que figuran en los pórticos de los dos patios. Naturalmente, estos espacios abiertos no sirven ya de reposo a los religiosos, sino a los alumnos de los dos centros que funcionan en el claustro mayor: la Escuela Secundaria Federal para Trabajadores y la Escuela Secundaria Federal Moisés Sáenz Garza. Cuando menos, esa presencia de estudiantes vivifica un entorno que en otro tiempo se caracterizó por el recogimiento.