Las propensiones de la imaginación histórica adquieren gran peso en Etla. Recuerde el lector un hecho: cuando en 1836 las fuerzas conservadoras lograron abolir tanto la Constitución como el régimen de la República federal, los oaxaqueños aspiraron a recuperar ese estatuto. El creciente enrarecimiento de la política local tuvo entonces uno de sus focos en la peripecia de Miguel Acevedo, un ranchero mixteco a cuya causa se unieron otros simpatizantes del federalismo. El caso es que, al fin, Acevedo no pudo llevar a término su plan de tomar la capital y las autoridades, obviamente intransigentes con semejante rebeldía, lo mandaron fusilar en Etla.
Recuperando crónicas más antiguas, podemos saber que Etla era la palabra con la cual los indígenas nombraban a este «lugar de frijol». El detalle no es baladí, pues da una idea de la feracidad de una tierra que tuvo a Hernán Cortés como encomendero. De otra parte, muy pronto se hizo notar en la Villa de San Pedro y San Pablo Etla la presencia de los dominicos, situados en el origen y en el término de muchos otros recintos monásticos y litúrgicos de la vieja Antequera.
Para los feligreses de Etla el atrio funcionó como un escenario en el cual debieron de representarse piezas religiosas y acaso autos sacramentales. Contrasta este juego dramático con la respetable traza de la iglesia-fortaleza, coincidente en sus formas con las reglas de la llamada arquitectura sísmica barroca, a la cual se llamó de ese modo por ser muy resistente a los terremotos, gracias principalmente a la robustez de su estructura. Dos detalles estéticos completan la descripción: Sebastián García se hizo cargo del artesonado de madera y el Altar Mayor debe su arreglo pictórico a Juan Arrúe, quien no alcanzó la maestría de Miguel Cabrera pero mostró una voluntad artística muy laudable.
Las enormes dimensiones del convento permitieron que en él pudieran organizarse varios capítulos de la orden, pero más que por la actividad de los dominicos, el visitante puede interesarse por las fantasías —más o menos desbocadas y digresivas— que sugiere un entorno semejante. Por eso cabe repetir acá el modo en que la imaginación infantil de Alfonso Reyes pobló de fantasmas aquella morada de misterio que él descubrió en un convento de Reparadoras. «Ardían los cirios —escribe nuestro autor—, y la luz corría por los oropeles de los santos; la luz muda, la luz oscura, si vale decirlo; la que no irradia ni se difunde, la que hace de cada llama una chispa fija y aislada, en medio de la más completa oscuridad. De la sombra parecían salir, aquí y allá, una media cara lívida, un brazo ensangrentado del Cristo, una mano de palo que bendecía. Cuando entraba una mujer vestida de negro, era como si volara por el aire una cabeza» (El plano oblicuo, en Obras completas de Alfonso Reyes, tomo iii, México D. F., Fondo de Cultura Económica, col. Letras mexicanas, 1995, p. 31).