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Oaxaca

25. Capilla abierta de Cuilapan

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Entre las fórmulas peculiares de la arquitectura religiosa novohispana figuran las capillas abiertas, un modelo incomprensible, por poner un caso, en latitudes con un índice pluviométrico más generoso. Pero no es esta la mayor indicación de dicha estructura, por más que entre la feligresía indígena fuera dote poco envidiable la obligación de orar al raso, bajo los mismos astros que sus abuelos mensuraron en prodigiosos calendarios. Y es que, en la de Cuilapan de Guerrero, por poner un caso, esa arquitectura que discrimina, oprobiosa, queda trocada en capricho de la luz y de la piedra. ¿Qué maestro mayor pudo imaginar un recinto donde figurasen todos los espacios del fervor? Véase: en este convento dominico de Santiago Apóstol de Cuilapan hallamos dos templos —uno de planta basilical, más amplio, y otro menor, inconcluso, con una bóveda que revela nervaduras de estilo gótico—, una capilla destinada al rezo más íntimo, un portal de peregrinos donde el viajero podía pasar la noche bajo techumbre, el noviciado y la mentada capilla de indios o capilla abierta. Nadie niega, por lo demás, que el genuino tesoro estructural es el claustro de dos plantas.

A partir de 1550, fecha de realización de tan magna obra, la capilla abierta sirvió a los alarifes como eje para trazar el templo principal, caracterizado por una armoniosa fachada de sustancia plateresca, acorde con los criterios constructivos traídos de la metrópoli. Sin duda, todo ello hizo un buen servicio a los dominicos que tuvieron que instalarse acá tras el sismo que dañó el convento de Santo Domingo de Guzmán. Como sede provisional, Cuilapan era un espacio idóneo: a sólo diez kilómetros de Antequera y no lejos de la mítica Zaachila de los zapotecas, aún concentraba los efluvios espirituales de los mixtecos que asimismo vivieron en este enclave. ¿Cómo olvidar aquí al caudillo Zaachila I? Desconocemos hasta qué punto el promotor de las construcciones y primer vicario del convento, fray Domingo de Aguinaga, era consciente de esta encrucijada mística que entrañaba Cuilapan, pero es de imaginar que entrevió ese matiz en la religiosidad de los indígenas. Con fines evangelizadores, acaso aprovecharon ese sustrato precortesiano los vicarios que sucedieron a Aguinaga: Bernardo de Alburquerque y Agustín de Salazar. No obstante, con independencia de su habilidad como predicadores, ninguno de ellos logró que la construcción se terminase, y en cierta manera, esa provisionalidad acrecienta el encanto de tan hermoso lugar.

Para concluir la reseña, vienen al caso dos noticias: la primera de ellas es histórica, y se refiere al fusilamiento en este lugar del general Vicente Guerrero en 1831. En segundo término, cabe destacar la presencia en el convento de los operarios e investigadores del Instituto de Antropología e Historia, afanados en una encomiable labor académica y restauradora.

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