Con su formidable planta basilical de tres naves —sin olvidar las capillas del Sagrario y de la Virgen de Guadalupe, su sacristía y la sala capitular—, el templo catedralicio ejerce mayor fascinación que cualquier otro santuario de Oaxaca. A la manera de un rasgo modelador, su traza detalla distintos estratos constructivos, ya que, como ahora veremos, si bien lo iniciaron en 1535 y terminaron en 1574, la ira sísmica forzó enmiendas y ampliaciones en las dos centurias posteriores. Para resaltar la identidad casi pictórica de su estampa, podemos recordar aquí a don José María de Velasco (1840-1912), artista de impulso romántico, maestro del color y amante de los paisajes. Y es que, tras mostrar al público sus dos creaciones más conocidas, El Valle de México (1875) y México (1877), este creador completó el lienzo que tituló Catedral de Oaxaca, donde rediseñó con sus pinceles esa arquitectura transfigurada, en perpetuo diálogo con la historia.
Precisamente es la historia, convertida en crónica narrativa, la que nos dice que fue en 1534 cuando surgió el obispado de Oaxaca. Un año después, el primer prelado, Juan López de Zárate, se hacía cargo de la diócesis recurriendo al templo de San Juan de Dios como sede catedralicia. Como resultaba obvio para él, la ubicación era provisoria, de forma que dispuso todo lo necesario para que fuese edificada la catedral oaxaqueña. El trazado correspondiente a 1574 se volvió posible en tres naves con muros y pilares de cantería. Tras la autorización eclesiástica formulada en 1667, comenzaron las obras para completar las bóvedas, la sacristía y la sala capitular, llevadas a término en 1678. Las tareas prosiguieron en 1682, cuando el alarife diseñó las capillas laterales, cuya edificación lleva fecha de 1694.
Como indicamos más arriba, los terremotos malograron el propósito del arquitecto mayor en 1714. El maestro Miguel de Sanabria recibió en 1724 el encargo de reconstruir las partes dañadas, y con esa reforma en el programa, las obras permitieron que el templo fuese dedicado a la Virgen de la Asunción de María en 1733. A la ceremonia inaugural, celebrada por el obispo Francisco Santiago y Calderón, le siguieron nuevos acabamientos y reconstrucciones, en particular los que correspondían a los campanarios (1736) y a la portada (1752).
A fines del pasado siglo se retocó el diseño de esos mismos campanarios y en 1982 desapareció la reja del patrio atrial, pero el conjunto mantuvo su innegable poderío arquitectónico. Por otro lado, de acuerdo con la estética barroca, la portada principal y las dos laterales recogen una interesante panoplia hagiográfica en la que se brillan metafóricamente las imágenes del Espíritu Santo, la Adoración del Santísimo, la Asunción de María, los arcángeles San Miguel y San Gabriel, Moisés, San Jerónimo, San José, San Juan Nepomuceno, San Marcial, San Pablo, el apóstol San Pedro, San Pedro de Arbués, Santa Rosa de Lima y Santiago el mayor.
También condensa el interior los elementos del imaginario cristiano, y no solo a través del soberbio Altar Mayor o de las reliquias de la Cruz de Huatulco, sino por medio de un buen número de lienzos piadosos, al estilo del que simboliza El Triunfo de la Iglesia. Dentro de un tesoro tan vasto hay otros elementos cruciales cuya distribución dentro del templo aún deja entreoír las voces de la eternidad. Unas voces que, sin resumen posible, nos hablan de fervor religioso y de pasión artística.