Hay un género de atracción sentimental que triunfa en los museos organizados en la antigua vivienda de grandes personajes. Esta simpatía, de ello no hay duda, gana al visitante de la casa que perteneció a Antonio Salanueva y que figura en el número 609 de la sexta calle de García Vigil. Pese a los dones que adornaron a Salanueva, lo cierto es que el edificio se llama Casa de Juárez porque acá vivió Benito Juárez al venir a Oaxaca desde Guelatao en 1818. Al reunirse tantos requisitos de grandeza en el mismo sujeto, no sorprende que estas habitaciones sirvan para reconstruir una biografía llena de acontecimientos notables. Pero ordenemos el relato con la ayuda de Enrique Krauze. Dice el historiador que, poco antes de cumplir los doce años de edad, Juárez «alentado quizá por una hermana que trabajaba de sirvienta en Oaxaca, sintió el apremio de hablar con corrección el idioma castellano y huir a la ciudad blanca».
Aun teniendo en cuenta que el pueblo zapoteca de Guelatao, ubicado en la sierra de Ixtlán, quedaba a sesenta kilómetros de distancia de la capital del estado, será difícil comprender la relevancia del viaje de no advertir que entre ambos lugares había asimismo otra distancia más profunda: «siglos de civilización». Al sentir ese vigoroso impulso de escapar «hacia el español, el mestizaje, la civilización, el futuro», Juárez centró su foco imaginativo en Oaxaca, donde habitó primero en el hogar del español Antonio Maza, a quien servía como cocinera la hermana del joven indígena. En fecha posterior, subraya Krauze, Benito llegó a esta casa del franciscano Salanueva, protector y maestro de jóvenes. Dicho religioso se volvería para nuestro personaje «su padre espiritual, su padrino de confirmación, y al poco tiempo lo conduciría al Seminario Conciliar, único “establecimiento” de educación en la capital. A partir de 1821, Benito estudiaría gramática latina, en 1824 filosofía escolástica y, más tarde, teología moral». Aunque tales estudios se nutrieron de un interés compartido por otros compañeros, por su naturaleza pertenecen al espíritu de la ciudad. Por algo insiste Krauze en un hecho crucial: «En Oaxaca el pasado colonial seguía intacto a pesar de que Nueva España se llamara México. Los días se medían por las campanadas de las iglesias que llamaban a misa o marcaban puntualmente, desde la madrugada hasta el anochecer, los momentos de oración. La diversión principal del oaxaqueño era acudir a las procesiones y fiestas de cada parroquia» (Siglo de caudillos. Biografía política de México, 1810-1910, Barcelona, Tusquets Editores, 1994, pp. 210-211).
Infundiéndole el orden de los museos, los restauradores de la casa de Salanueva la dejaron lista para su apertura al público el 28 de diciembre de 1974. Quien recorra sus habitaciones podrá acopiar numerosas imágenes que saltan de la vida cotidiana a la grandilocuencia de los manuales históricos: objetos de Juárez, documentos de su periodo e incluso un mobiliario que da forma a la estética del xix.