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Oaxaca

2. Biblioteca de Fray Francisco de Burgoa

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En los textos donde se pone en juego la personalidad intelectual del dominico Francisco de Burgoa quedan de manifiesto su magisterio teológico y su conocimiento de lenguas y culturas indígenas, así como una erudición geográfica indudable. No ampliaremos acá el perfil, pues aunque la institución que nos ocupa lleva el nombre de este personaje, su importancia decae a la hora de relatar el devenir de dicho centro. Con un fondo actual de alrededor de 23 000 obras, esta biblioteca parte de una situación muy peculiar. Desde que inició su funcionamiento universitario el 15 de enero de 1994, los documentalistas a su cargo tuvieron que organizar debidamente un repertorio que abarcaba toda suerte de ediciones, la más antigua de las cuales —Comentarios a la filosofía de Aristóteles, de Juan Versor— data de 1484. Luego detallaremos los avatares que llevaron todo ese conjunto hasta su actual ubicación. En cuanto a su procedencia, sabemos que la parte de la colección correspondiente a la Colonia llegó de otras tantas bibliotecas religiosas, gestionadas en su tiempo por los dominicos y también por franciscanos, jesuitas, carmelitas y agustinos.

Para conformar el marco de referencia histórico de este centro documental, cabe entender el pensamiento ilustrado como la levadura que favoreció la proliferación de bibliotecas públicas en el periodo inmediatamente posterior a la Independencia. El 26 de agosto de 1826 se fundó la Biblioteca Pública del Estado de Oaxaca, enriquecida a partir de 1861 gracias a la expropiación de los bienes de la Iglesia, entre los que figuraba un buen número de libros. Con todo, este proceso no fue coherente y muchos ejemplares desaparecieron o fueron destruidos.

Ya en el siglo xx, y más concretamente a comienzos de la década ochenta, la Dirección General de Bibliotecas definió su primera estrategia para resguardar dicho repertorio colonial, y con tal propósito quedó abierta la Biblioteca José Vasconcelos. El pésimo acondicionamiento recomendó un nuevo traslado, y fueron los gestores de la Universidad Autónoma Benito Juárez quienes tomaron la iniciativa con el apoyo y auxilio técnico de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. De modo semejante, los trabajos de restauración y catalogación sirvieron para organizar el más que copioso acervo, que posteriormente se trasladó desde la Ciudad Universitaria hasta el antiguo convento de Santo Domingo de Guzmán, gracias a una oportuna decisión del Instituto Nacional de Antropología e Historia. La parte menos valiosa de ese material, útil asimismo para los estudiantes, permaneció en la Biblioteca Central José Vasconcelos de la Ciudad Universitaria. En cuanto a los incunables y demás reliquias novohispanas, quedaron reunidos en la nueva sede, bajo la imaginaria protección de Francisco de Burgoa. Desde luego, no es ésta la única figura que rememora la biblioteca, pues en ella se custodian asimismo los fondos bibliográficos de Aurelio Valdivieso, Benito Juárez Maza y Matías Romero.

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