En el municipio de Oaxaca de Juárez el encanto se multiplica, sobre todo en términos culturales. Parafraseando a Octavio Paz, podemos creer que los españoles encontraron allá no sólo una geografía sino una historia: una historia viva, en la cual se unen la tradición europea y el espíritu precolombino. Dual por naturaleza, ya que acarrea aportes de ambos legados, es justo añadir que la Verde Antequera, hoy considerada Patrimonio Cultural de la Humanidad, reproduce por medio de su repertorio arquitectónico un pasado formidable. No hay que matizar mucho esta afirmación. Los nombres por los que se la ha conocido ya testimonian sobradamente esa cualidad de Oaxaca, y apenas si es necesario señalar que cada rótulo reivindica un distinto sentir de lo mexicano. Fundada en 1486 por soldados xochimilcas del rey Ahuizotl, fue llamada en lengua náhuatl Huaxyácac. Tras la conquista, en 1532, una cédula real del rey Carlos v sirvió para designarla como Muy Noble y Leal Ciudad de Antequera. Desde 1821 ese nombre novohispano fue cambiado por uno menos enfático: Oaxaca. Y en los últimos tiempos, asistimos al triunfo de un justo homenaje al Benemérito de las Américas, concretado a la muerte de éste, en 1872, cuando la ciudad pasó a denominarse Oaxaca de Juárez.
A nueve kilómetros del santuario prehispánico de Monte Albán, Oaxaca ejerce de capital en el estado del mismo nombre. Dos elementos —la biodiversidad de su entorno y el excepcional patrimonio arquitectónico que hereda del Virreinato— se resuelven en formas y colores, afirmando mediante ellos una identidad fiel a la tradición, y sin perder la compostura, un aura heterogénea, original y a un tiempo festiva. Con ese instinto barroco que distingue a las grandes ciudades coloniales, el trazado urbano explicita la primacía de las líneas a partir del zócalo. Puestos a rellenar esa retícula en el plazo de casi medio milenio, los alarifes e ingenieros han sabido insertar muy oportunamente monasterios, iglesias, palacios, colegios y portales. Es esta una contemplación que, por lo demás, no impide distinguir restos de ese repertorio cultural que antecedió a los colonizadores, ordenado en los numerosos museos que, sin lugar a dudas, enriquecen la vida de los oaxaqueños. Así, bajo esa doble luz, sin disipar los enigmas, esta muestra pretende revisar las numerosas combinaciones, correspondencias y variaciones que distinguen a este emplazamiento de tan vasta y múltiple trayectoria. La visita, desde luego, no ha de quedar exenta de prodigios.