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Oaxaca

Tradiciones oaxaqueñas (1 de 4)

El relato histórico tiene una característica evidente y escasamente alentadora, y es que tiende a seguir el camino maniqueo con gran facilidad. Un escritor describe con finura este fenómeno. Nos referimos a Carlos Fuentes, quien aprecia esta torcedura en su tierra, donde «se procedió a la exaltación exagerada de los vencidos, la exaltación de los valores indígenas frente a los valores españoles». Sin abandonar la academia y las disciplinas que la circundan, entiende el novelista que aquella fue una aberración histórica, «pero que tenía sentido en mi país, porque tendía a revalorizar el mundo indígena, a rescatarlo de su postración. Es significativo que en México hay una estatua de Cuauhtémoc, el último emperador azteca vencido, y no hay ninguna de Hernán Cortés». Como si la cosa cayese por su peso, ha tenido que pasar un largo tiempo, «ha tenido que pasar la guerra civil, y la emigración (que nos trajo a los mejores hombres de España), para que México acabe por entender que tenemos dos herencias, y que hay que asumirlas y decantarlas, que hay aspectos negativos y positivos en ambas herencias» («La risa que dispersa a los caníbales», en Joaquín Soler Serrano, Escritores a fondo. Conversaciones con las grandes figuras literarias de nuestro tiempo, Barcelona, Planeta, 1986, pp. 207-208). Puesto que este doble legado, tal como Fuentes señala, no define otra cosa que la raíz de lo mexicano, cabría hablar de Oaxaca como ejemplo ideal de esta bifurcada posibilidad.

He aquí lo que, esencialmente, contiene este dominio: los sólidos argumentos de la sociedad novohispana, que ascienden a un primer plano sin romper su fidelidad a la metrópoli, y una distinta concepción del universo, propia de los mixtecas y de esos imaginativos zapotecas que colman el mundo de Andrés Henestrosa. Esta visión estratificada, rica en vetas de interés, queda de manifiesto en estudios como Razas y clases en la Oaxaca colonial, de John Keron Chance (México, D. F., Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1993) e Historia de los pueblos indígenas de México: El sol y la cruz (Los pueblos indios de Oaxaca colonial), de María de los Ángeles Romero Frizzi (México, D. F., CIESAS, INI, 1996). Notario fiel de esa plenitud étnica, el Censo General de Población y Vivienda efectuado por el Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática (INEGI) continúa recordando que la presencia indígena aún es importante en la Oaxaca de nuestros días. Desde su fundación en 1948, el Instituto Nacional Indigenista (INI) es otro de los organismos que investiga y mejora las condiciones de vida de las comunidades aborígenes. Entre los instrumentos que emplea dicha institución, figuran el Archivo Etnográfico Audiovisual, el Centro de Producción Musical Indígena (CPMI) y el Sistema de Radiodifusoras Culturales Indigenistas (SRCI), todos ellos fundamentales para recopilar y difundir aquel acervo cultural. Por esta razón, el Centro Regional del INI en Oaxaca va a ser nuestro punto de partida para sondear las tradiciones locales.

En otros rincones de esta exposición hemos mencionado los centros ceremoniales y necrópolis zapotecas y mixtecas, visibles en los asentamientos de Zaachila, Cuilapan, Monte Albán, Mitla y Dainzú. De pasada, también hemos descrito el modo en que la ciudad concentra ingredientes procedentes de las distintas regiones del Estado: el Istmo, la Cañada, la Costa, la Mixteca, la Sierra, y los Valles Centrales. Ahora bien, puestos a investigar las fuerzas culturales precortesianas, hay pocos lugares más idóneos que la sala 6 del Museo Nacional de Antropología de México, donde queda de manifiesto que la civilización zapoteca recogió aportes teotihuacanos, olmecas y premayas. En el caso de los mixtecos, la mayor tentación para los investigadores son los magníficos códices cuya escritura pictográfica resume la sabiduría de este pueblo, al cual rindieron vasallaje otras comunidades, como aquellos amuzgos cuya rebelión venció Ahuízotl en 1494. Pero dejemos este cauce, pues en las próximas líneas no vamos a manejar catálogos museísticos, y tampoco ojearemos el Códice Nuttall o el Códice Vindobonensis, y es que, sin menoscabo de ese matiz académico, los ámbitos que mejor detallan al visitante la diversidad étnica de Oaxaca son los mercados. Veamos por qué.

No lejos de la capital, los tianguis de Tlacolula, Ocotlán de Morelos y San Bartolo Coyotepec ofrecen la ocasión de adquirir toda suerte de delicadezas populares, desde alfarería de barro negro hasta piezas de hojalatería, y ello sin mencionar tantos otros primores de la curtiduría, la joyería y la talabartería. Esta costumbre artesanal se acompaña en la ciudad de Oaxaca de otros obsequios para la vista y las emociones, derivados esta vez de la arquitectura civil, y para qué negarlo, del magnífico trato que recibe el visitante de los lugareños. Por lo demás, el tiempo parece quedar en suspenso, lo cual nos sirve para matizar este recorrido con palabras que dejó escritas Manuel Toussaint hace poco menos de un siglo. «Este mercado de Oaxaca, en sábado —escribe don Manuel—, me parece el mercado más igual a los tianguis que describen los conquistadores en sus relaciones. Para enumerar lo que se vende en este mercado sería necesario un libro». Y es muy probable que, aun pasando a toda prisa las páginas de semejante volumen, tuviéramos que detenernos ante cientos de referencias en las que el casticismo pronuncia su propia voz.

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