La dificultad de identificar una literatura específicamente oaxaqueña no proviene tan sólo de su heterogeneidad —como veremos, sus autores admiten asedios bien diversos—, sino de la presencia de expresiones lingüísticas distintas del español. Por eso, a modo de reconocimiento, podemos adentrarnos en un medio tan diverso fijando en primer término la atención en los códices prehispánicos que atañen a sus principales culturas precolombinas: los mixtecos del oeste, los zapotecas del este y los pueblos septentrionales, como los mazatecos y los cuicatecos. Para reconstruir ese legado literario, cuyos relatos actúan a modo de piedra de fundación mitológica e histórica, los estudiosos han analizado una serie de obras de indudable valor para esta biblioteca local: el Códice Becker i y el manuscrito Aubin n.° 20, el Códice Bodley, el Códice Colombino, el Códice Nuttall y el Códice Vindobonensis, también llamado de Viena. A grandes rasgos, su contenido es tan sugestivo que, en ocasiones, parece encerrar el germen de una novela. Así, en las veintitrés hojas del Códice Bodley, hoy custodiadas en Oxford, hallamos datos genealógicos en torno a las dinastías de Tilanlongo y Teozacoalco (698-1521). Esa manifestación del pasado, con cierta razón, es un motivo más para valorar el renacimiento de una literatura en lenguas indígenas en la que luego centraremos parte de nuestro interés.
Si nos ceñimos a las entregas literarias posteriores a la fundación de Antequera de Oaxaca, queda claro que el conjunto de impresos coloniales se presta al asombro. Una interesante aproximación a todo ello es el manuscrito rotulado Relación de los obispados de Tlaxcala, Michoacán, Oaxaca y otros lugares en el siglo xvi. Perteneciente a la colección de Joaquín García Icazbalceta, lo publicó en 1904 su hijo, Luis García Pimentel. Continúa esa vena histórica Antonio de Ciudad Real, responsable del volumen Oaxaca en 1568. Descripción tomada de la relación breve y verdadera de algunos cosas de las muchas que le sucedieron al Padre Fray Alonso Ponce, en las provincias de la Nueva España (edición de Andrés Henestrosa, México, Bibliófilos Oaxaqueños, 1967). Por lo demás, no hay ruptura entre estas relaciones y los numerosos aportes filológicos que desarrollaron los misioneros con el fin de aproximar la doctrina cristiana a los pueblos aborígenes. Con aparente fluidez, este ejercicio de traducción se advierte en obras como el Vocabulario en lengua mixteca, de Fray Francisco Alvarado, o en aportaciones de Fray Juan de Córdova como el Vocabulario castellano-zapoteco y el Arte del idioma zapoteco (1570).
En el territorio de los cronistas, sobresale con méritos bien definidos el dominico Fray Francisco de Burgoa, provincial de San Hipólito y Oaxaca, aparte de buen conocedor del mixteco y el zapoteco. A su muerte, ocurrida en 1681, este religioso nos dejó un legado intelectual y etnográfico de primer orden, cuyos méritos incrementan la herencia de su orden en la región. Cuando menos, así lo manifiesta Fray Esteban Arroyo en Los dominicos, forjadores de la civilización oajaqueña (vol. i, Los misioneros, Oaxaca, Edoax, 1958). De la producción de este personaje insigne cabe destacar una obra que fue impresa en 1670, en la imprenta capitalina de Juan Ruiz: Palestra historial de virtvdes y exemplares apostólicos. Fundada del zelo de insignes héroes de la Sagrada Orden de Predicadores en este Nuevo Mvndo de la América en las Indias Occidentales. Conságrala alistada en orden regvlar a la Emperatris de los Cielos y Madre de Misericordia María Señora Nra. el M. R. P. Mro Fr. Francisco de Bvrgoa. Para fortuna de los estudiosos, existen estampaciones recientes, como la del Museo Nacional (Biblioteca Mexicana, 1903-1904) y la distribuida en edición facsímil por la editorial Porrúa en 1989. Aún más conocida si cabe es otra entrega de Fray Francisco: Geográfica descripción de la parte septentrional del polo ártico de la América y Nueva Iglesia de las Indias Occidentales y sitio astronómico de esta provincia de predicadores de Antequera, valle de Oaxaca (1672), cuya reproducción facsimilar se debe a los Talleres Gráficos de la Nación (1934), si bien disponemos de una tirada más accesible, también diseñada por Porrúa en 1989. Para completar el repertorio geográfico, conviene añadir un folleto que en 1981 lanzó la Casa de la Cultura de Juchitán, donde figura el escrito de Burgoa De la provincia de Tehuantepeque y de su Ministerio.