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Oaxaca

Entorno natural de la ciudad

Cuando Felipe ii eligió al erasmista toledano Francisco Hernández (1517-1587) como director de la expedición encargada de analizar la historia natural novohispana, ya tenía noticia de las valiosas contribuciones de este sabio a la ciencia española. En enero de 1570 el monarca designó a Hernández protomédico general de las Indias, islas y tierra firme del mar Océano, y lo envió al otro lado del Atlántico. Cumpliendo los deseos de Su Majestad, el investigador exploró el Virreinato y catalogó su diversidad desde marzo de 1574 hasta que retornó a España, en febrero de 1577. Por las fechas en que este científico ordenó esa imponente historia natural de México, el Galeón de Manila había iniciado sus singladuras entre Manila y Acapulco (1565), transportando algodón y seda china, maderas nobles y especias, cacao, vainilla, azúcar y, por supuesto, cochinilla procedente de Oaxaca.

Centrándonos en el periodo colonial, y resueltos a dar una respuesta adecuada a las preguntas en torno a la agricultura y el ambiente natural del dominio oaxaqueño, debemos entrecruzar los dos inventarios: el que reunió en sus cuadernos Francisco Hernández y el concerniente a las bodegas del famoso galeón. Apenas si es necesario recordar que el listado resultante propone una visión de riquezas y fertilidad. Como a continuación quedará de manifiesto, el entorno de Oaxaca aún acepta semejante exuberancia como su estado característico.

No obstante, hay que confesar que los problemas ecológicos amenazan la pervivencia de dicho legado. A saber: el desorden en la gestión ganadera, la caza furtiva, la tala indiscriminada y a veces clandestina de árboles, los incendios y el agotamiento del río San Felipe con el fin de abastecer la demanda capitalina de agua. Con una superficie total de 85,48 kilómetros cuadrados, la ciudad admite en su orografía más próxima desniveles como el cerro del Fortín y el cerro del Crestón, y purga una parte de sus impurezas en las aguas del río Atoyac. De otra parte, se ubica en el Estado mexicano más sugestivo y variado, donde cabe descubrir enclaves como las bahías de Huatulco y la Sierra Norte de Ixtlán de Juárez. Naturalmente, a quienes les interese conocer más datos en torno a bestias formidables como el jaguar y el tapir, dialogando de ese modo con el México ancestral, también les interesará volver los ojos hacia los parques que sirven de refugio a esa fauna. Entre los más sobresalientes, figura el Parque Nacional Benito Juárez, cuyo decreto fundacional lleva por fecha el 30 de diciembre de 1937. Esta zona abarca los bosques de Donají, San Felipe de Agua y Huayapan, regidos a su vez por el nervioso cauce de los ríos Huayapan y San Felipe. Al recorrer estos parajes, cobran sentido tradiciones legendarias protagonizadas por la fauna endémica. De ese repertorio se adueñó Andrés Henestrosa para situarlo bajo el prisma zapoteca. «Las mariposas que hoy vemos —decía este escritor—, ingrávidas, que se pueden posar en las flores, en la superficie de las aguas y hasta en las trémulas ramas del aire, no son otra cosa que una fracasada imagen de lo que el murciélago fue en otro tiempo: el ave más bella de la creación. Pero no siempre fue así: cuando la luz y la sombra echaron a andar, era como ahora lo conocemos y se llamaba biguidibela: biguidi, ‘mariposa’, y bela, ‘carne’: mariposa en carne, es decir, desnuda. La más fea y más desventurada de todas las criaturas era entonces el murciélago» (Los hombres que dispersó la danza y algunos recuerdos, andanzas y divagaciones, compilación de Alí Chumacero, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1992, p. 47).

En este plano tradicional se sitúan diversas criaturas que asimismo distinguen el folclore oaxaqueño de los colores. Entre los tradicionales productores de pigmentos figura la grana cochinilla (Dactylopius coccus), un insecto parásito del nopal de cuyos restos desecados se obtenía el ácido cármico, mediante el cual coloreaban de rojo las prendas hechas de lana o algodón. Según consta en numerosos escritos de la época, la producción de grana en tiempos de la Colonia fue un fenómeno de gran importancia. De forma complementaria, el caracol púrpura (Patula pansa) producía un característico tinte morado. Al obtener esta secreción sin necesidad de matar al molusco, los pueblos aborígenes pudieron disponer de un colorante que aparece en las pictografías del Códice Nuttall. Se ocupan de glosar la importancia de este animal el volumen coordinado por Marta Turok, El caracol púrpura: una tradición milenaria en Oaxaca (México, D. F., Dirección General de Culturas Populares, 1988), y el texto de Zelia Nuttal, Una curiosa supervivencia: el caracol púrpura en Oaxaca (edición, prólogo y notas de Héctor R. Olea, Bibliófilos Oaxaqueños, 1971).

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