Apenas figurable sin el auxilio literario, la devoción puede extenderse por doquier cuando Oaxaca se convierte en metáfora del discurso evangelizador. Durante el periodo colonial, esta fusión de cristianismo y acordes europeos posibilita un nuevo modelo urbano, donde el alarife inventa arreglos, explora las posibilidades de la retícula y trabaja la piedra como una realidad útil para el buen gobierno, la vida cotidiana y el fervor. La arquitectura se transforma así en un acceso a la trascendencia: no sólo es un motor de reflexión —el campanario y la cúpula obligan a mirar hacia lo alto— sino un molde sobre el cual va volcándose la bullente imaginería judeocristiana. Tal es la poética decisiva en las iglesias y conventos oaxaqueños: cunden los postulados de las órdenes mendicantes, pero corregidos por la inestabilidad sísmica, de modo que esa irrupción discordante de los terremotos vigoriza los muros, fortalece las columnas y aplica contrafuertes allá donde aparece una grieta. De algún modo, las fallas tectónicas perturban el comportamiento exuberante del Barroco y moderan sus excesos con ingredientes de fortaleza. A veces un temblor recomienda las reelaboraciones parciales; en otros casos, la fuerza destructora de la tierra obliga a reconstruir todo un templo, lo cual adquiere un valor de símil cuando pensamos en las incertidumbres de la propia vida.
Esa materia prima que sustenta —desafiante— las edificaciones religiosas infunde asimismo vigor a la feligresía. De otro lado, una vez en el interior de la iglesia, estos fieles también son confortados dentro de un firmamento estético hecho a base de retablos dorados, tallas milagrosas y lienzos donde se reproduce, en clave contemporánea, la vida de un santo patrón o de la Virgen.
Naturalmente, lo dicho hasta ahora no sugiere otra intervención que la española. Pero la realidad artística de la ciudad es bien compleja, a la par que cierra el ciclo del mestizaje. Nada mejor que un relieve indígena para embellecer una fachada renacentista. Por esa vía, los motivos barrocos que provienen de una matriz española establecen inusitadas correspondencias con la proteica tradición mixteco-zapoteca, de forma que la pilastra abalaustrada serliana puede enmarcar una figura creada por un tallista aborigen. No lo olvidemos: la imaginería es acá un arte que alcanzó insospechadas dimensiones, a veces reiterando, bajo un nuevo colorido, las devociones que antaño movieron a figuras como Ahuizotl y Cosijoeza. Resume el argumento Guillermo García Oropeza para confirmar que la empresa arquitectónica local se realiza por agregación: «los mexicanos —nos dice— construían una estructura sobre otra, formando capas geológicas de la creación, sedimentos del tiempo de los dioses. México florece sobre los restos de otro México y al lado, por ejemplo, de la colonial Catedral de México está una gran tumba abierta que muestra los restos negros y magníficos de una pirámide muerta, trufada de joyas y cerámicas. Los centros ceremoniales se construyen sobre otro anterior (hablamos de Monte Albán iii o de Monte Albán iv) sin ningún escrúpulo por preservar lo pasado. Somos, dirían los franceses, une civilisation en profondeur» («México: una arquitectura milenaria», en Hugo Gutiérrez Vega, ed., La cultura mexicana actual, revista Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 549-550, marzo-abril de 1996, p. 138).