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Cuenca

Juan de Valdés

Don Marcelino Menéndez Pelayo señala que el Ciceronianus, del gran Erasmo, se introdujo con presteza en España. Incluso fue reimpreso en Alcalá de Henares, en 1529, tan sólo un año después de su aparición en Basilea, el 14 de febrero de 1528. Añade luego el sabio que las inteligencias más claras de la Península se sintieron atraídas por este ejemplo del humanismo alemán, y cita entre aquéllas al filósofo Juan Luis Vives, al teólogo dominico Sancho Carranza de Miranda, al Abad Pedro de Lerma y a su sobrino, el Cancelario de la Universidad de Alcalá, Luis de la Cadena. En particular, don Marcelino señala en este grupo al Secretario de cartas latinas del Emperador Carlos V, Alonso de Valdés, y a su hermano, «el grande escritor y místico reformista Juan de Valdés» (Bibliografía hispano-latina clásica, tomo III, en Obras completas, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1940-1966, p. 232). Al considerarlo miembro sobresaliente de la legión erasmiana, Menéndez Pelayo elogia a Valdés en el marco del renacimiento de las letras castellanas. Así, recuerda que «a Fernán Pérez de Oliva, y a Juan de Valdés debió la prosa castellana sus mayores acrecentamientos en el reinado de Carlos V. (…) Nutrido Juan de Valdés con el estudio bien aprovechado de Luciano, y con el de Erasmo, comunicó a nuestra lengua singular facilidad, ligereza y gracia, mostrándose (…) notable filólogo y crítico de juicio severísimo en el famoso Coloquio de las lenguas». Para completar esta descripción, añade luego que «en sus traducciones de los Salmos y de las Epístolas de San Pablo, en las Ciento y diez consideraciones divinas y en otros opúsculos, encaminados a propagar sus heréticas doctrinas, usó una prosa, en sumo grado fluida, sonora y cadenciosa» (Biblioteca de Traductores Españoles, tomo IV, en Obras completas, op. cit., p. 76)

Una vez limados ciertos deslices y asperezas que refleja lo escrito por Menéndez Pelayo, la moderna crítica coincide con su juicio y también asume como clásico a este escritor conquense (1499-1541) cuya biografía, aunque resumida, deja espacio al asombro. Véase el porqué de esta afirmación: si bien estaba destinado Valdés a una vida reglamentada, optó por las libertades del pensamiento y del juicio personal. Es más: don Juan era hijo del regidor Fernando de Valdés y su alta cuna le predispuso a la vida cortesana, pero al servir en el palacio del marqués de Villena, en Pastrana, conoció la filosofía de alumbrados como Pedro Ruiz de Alcaraz, y de otros integrantes del llamado círculo iluminista de Escalona. Esta cercanía modificó su talante, que ya puso de manifiesto, en Alcalá de Henares, donde estudió Derecho Canónico y lenguas clásicas: latín, griego y hebreo.

El sesgo erasmista de su producción intelectual quedó expresado en su Diálogo de doctrina cristiana (1529). Claro que las opiniones vertidas en ese texto no pasaron desapercibidas a los inquisidores, y esta sombra de sospecha fue lo bastante oscura como para que don Juan marchase a Italia, donde se guareció en el entorno papal. Desde 1531 lo hallamos en Roma. Cuatro años después, buscó acomodo en Nápoles, donde entró al servicio del virrey. Escapando a la comodidad, la lectura de Lutero y Melanchton influyó grandemente en su esquema religioso, cada vez más propenso al iluminismo.

Lo cierto es que, aunque inmerso en este tipo de polémicas, en Italia no le faltaron los honores. Clemente VII lo admitió como camerarium nostrum y en adelante tuvo buen trato con el círculo virreinal. Por otro lado, la posteridad ha sido muy benéfica con su obra escrita, pues los académicos valoran en alto grado títulos como el Alfabeto cristiano (1546), la Ciento y diez consideraciones divinas (1539), escritas en colaboración con su hermano, y el Diálogo de la Lengua, redactado en 1535 pero inédito hasta 1737, año en que don Gregorio Mayans lo dio a conocer.

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