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Cuenca

Eugenio de Torralba

En acuerdo con la tradición mágica española, el heterodoxo Torralba se dejó llevar por la mudadiza corriente que va de la ciencia a la taumaturgia. Dos mitologías que Cervantes resume, con efecto literario, en uno de los pasajes más felices de la aventura de Clavileño: «No hagas tal —respondió don Quijote— y acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los abrió y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerno de la luna, que la pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra, por no desvanecerse» (Don Quijote de la Mancha, Segunda Parte, capítulo XLI, edición anotada al cuidado de Silvia Iriso y Gonzalo Pontón, presentación y prólogo de Francisco Rico, Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, Barcelona, 1998, p. 961).

Una noticia más ajustada sobre este nigromante figura en un conocido libro de Julio Caro Baroja, Vidas mágicas e Inquisición (1992), a través del cual podemos proponer este perfil biográfico del mítico Eugenio de Torralba (1485-1531). Evidentemente, la nigromancia impuso en él su registro desde fecha muy temprana. Así, este hidalgo conquense viajó a Roma para adquirir saberes médicos y filosóficos, pero de poco le sirvió el paciente cuidado de su protector, el obispo de Volterra, porque bien pronto quiso abandonar las lecciones de éste para acogerse a un campo más fascinante: el de los saberes oscuros.

Pocos son los conjuros que no alcanzó a pronunciar. Asumiendo las teorías de Pico della Mirandola, maese Eugenio se acercó a un mentor que las personificaba con lúcida indulgencia, el dominico fray Pedro, quien, por cierto, proporcionó compañía a Torralba en la forma de un ángel guardián. El tal espíritu, llamado Zaquiel, era poderoso en asuntos como la clarividencia y el transporte astral, lo cual sirvió a su nuevo dueño para anunciar noticias de gran consideración mucho antes de que éstas se hubieran difundido por otros conductos. La representación que da Cervantes de este poder —sujeto a los vaivenes del viaje ultraterreno— explica por qué el mago de Cuenca ganó tanta fama. Curiosamente, hay cronistas que prefieren soslayar este coqueteo con el más allá y nos pintan a Torralba como galeno de Leonor de Portugal.

En 1527, Torralba tuvo que comparecer ante el tribunal del Santo Oficio de Cuenca. Sometido a las penalidades del proceso inquisitorial, expulsó de su vida a Zaquiel y también reconoció públicamente su arrepentimiento por esta y otras veleidades mágicas. A partir de ese instante, la fantasía se adueña del relato. El filólogo José Manuel Pedrosa Bartolomé, de cuya biografía del nigromante nos hemos servido para redactar estas líneas, cita varias piezas literarias donde el personaje penetra de lleno en la leyenda. Así, figura en el panegírico Carlo famoso (1566), de Luis de Zapata de Chaves, y Ramón de Campoamor le dedicó un poema, El licenciado Torralba (1887).

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