En su letra para el Himno a San Julián, Obispo y Patrón de Cuenca, Pedro Cruz Ocaña retoriza la vida del venerable personaje, y le da un cierto aire de hagiografía popular que, al menos en su primera intención, tiene por fin emocionar a los más devotos. No obstante, cada verso de este cántico prueba hasta qué punto la vida del santo queda a medio camino entre la certeza documental y el panorama legendario. Aun tomando conciencia de este cruce, hizo bien el letrista al reflejar el sentimiento de una feligresía entregada: «Aquí, en la noble Cuenca, / cual padre cariñoso / pan dio al menesteroso, / prestó alivio al pesar. / Y ahora, desde el cielo, / del triste oye el gemido... / Que nuestro padre ha sido / y siempre lo será».
Quien merece semejante estrofa perfeccionó sus virtudes a lo largo de una vida rica en anécdotas. Nació Julián en Burgos, en el año 1128, y cuentan que hubo asistencia de ángeles a su bautizo. De un modo sutil, este detalle sobrenatural viene a confirmar las cualidades del recién nacido y refuerza, por vía simbólica, el destino que se le plantearía años después. Ya lo dijo Cesare Pavese: no puede haber relato vivo sin un fondo mítico.
Esforzado en sus estudios, asistió a las aulas en Burgos, antes de proseguir su formación académica en Palencia, donde se dio a conocer entre los estudiantes como un jovencísimo e instruido profesor de Filosofía y Teología. Dado que hablamos del personaje una vez definido por su vocación, no despierta extrañeza el hecho de que Julián se ordenara sacerdote, circunstancia que luego aprovechó para difundir la noticia evangélica por los caminos peninsulares.
Pocos religiosos pueden reclamar en la vida una dignidad tan subrayada: después de convertirse en Arcediano de la Catedral de Toledo en 1191, Julián entró en la vejez cinco años después, como obispo de Cuenca. Sin duda, se felicitó por tal nombramiento Alfonso VIII, quien deseaba para los conquenses un pastor de semejante nombradía. Con este apoyo de la Corona, el prelado se ganó la confianza de los lugareños, tanto por su eficaz mandato institucional como por las cualidades personales que lo dieron a conocer entre los más humildes.
Téngase en cuenta que la provincia no escapó a la peste y aun a la falta de alimentos. Ante semejante panorama, Julián no dudó en procurar alivio a cuantos lo necesitaron. A decir verdad, su labor en este sentido debió de ser notable, dado que incluso se comentan ciertos milagros: en concreto la materialización de una generosa cantidad de trigo con la que sació a numerosos hambrientos. Esta creencia, reiterada por los fieles de hoy, respalda el misticismo del religioso, capaz de hacer vida de retiro en el Cerro de la Majestad. Ese paraje, sin duda idóneo para un eremita, aún retiene su memoria en el lugar que llamamos Cueva de San Julián el Tranquilo.
Tras su fallecimiento, ocurrido durante la noche del 28 de enero de 1208, los conquenses apoyaron resueltamente la causa de beatificación. Conmemorando el día y el mes de su muerte, la misma fecha sirve para festejar el recuerdo de quien se convirtió en patrón de la ciudad y en uno de sus símbolos más eficaces.