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Cuenca

Esteban Jamete

Escultor de genio, famoso entre los que desarrollaron sus habilidades durante el siglo xvi, Esteban Jamete vino al mundo en la ciudad francesa de Orleans en 1515. Instruido por su progenitor en el arte de la cantería, muy pronto destacó en otras actividades creativas, como la pintura y la talla de madera. Según dicen sus analistas, llegó incluso a adquirir cierto adiestramiento como alarife. En todo caso, aunque ello acredita en él un talante inquieto, Jamete entró en la historia castellana como autor de esculturas piadosas.

Vino a la capital del Júcar en 1545, y si bien trabajó con esmero en otras ciudades españolas, a Cuenca le permaneció fiel hasta su muerte, ocurrida veinte años después. Sus primeras labores las realizó en la Catedral, bajo las indicaciones del prelado Diego Ramírez de Villaescusa. En adelante, cinceló un buen número de obras reseñables; entre ellas, ese alarde plateresco que llaman el Arco de Jamete, los retablos de los santos Fabián, Mateo, Lorenzo y Sebastián, y la capilla de Francisco de Mendoza, actualmente desaparecida. Dice Francisco Gómez de Travecedo que, entre las bellezas de la Catedral, ocupa un destacado lugar el antedicho Arco, «espléndido ejemplar del Renacimiento italiano, llamado así del nombre de su autor, que antes trabajara en la Catedral de Toledo». Luego, añade este autor un detalle contemporáneo, fechado en la década de los cincuenta, y es que el arco, situado en uno de los brazos del crucero para comunicar con el claustro, quedó convertido en taller de cantería (Cuenca, Madrid, Publicaciones Españolas, 1959, p. 19).

Por desgracia, esta viveza para las cosas del arte que acreditó nuestro artífice no coincidió con otras facetas de su carácter. Desmedido, pendenciero y violento, Jamete no respetó a los suyos y tampoco se ciñó a los preceptos que seguían sus mecenas eclesiásticos. «Era hombre duro, violento —escribe José Camón Aznar—, se le acusó de haber matado a su primera mujer y maltratado gravemente a la segunda». Además, poseía una «fiera independencia de criterio», a pesar de lo cual «su labor como tallista es tan fecunda y selecta, con los grutescos más bellos de nuestro arte, que puede decirse que gran número de monumentos platerescos están en su órbita» («La arquitectura y la orfebrería españolas del siglo xvi», Summa Artis. Historia general del arte, vol. XVII, Madrid, Espasa-Calpe, 1982, p. 262).

Acusado de herejía y también de blasfemia, el Tribunal del Santo Oficio llegó a condenarlo a prisión en más de una oportunidad.

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