Cuando las oscuridades en la vida de un personaje ganan espacio a las certezas, sólo un investigador excepcional puede distinguir entre la verdad y el rumor. Claro ejemplo de esta circunstancia es el devenir del médico y escritor Alonso Chirino, nacido en la Cuenca del siglo xv. Muy poco se sabe de la trayectoria de este galeno, pero el profesor Ángel González Palencia (1889-1949), ensayista de mérito y autor de obras como Los mozárabes de Toledo en los siglos xii y xiii e Historia de la literatura española, reunió en su día la documentación suficiente como para redactar el artículo «Alonso Chirino, médico de Juan II y padre de Mosén Diego de Valera» (Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo, 1924). Gracias a este opúsculo, muchas dudas han ido aclarándose y ya es posible trazar un perfil satisfactorio de tan esquiva figura.
Chirino vino al mundo en una familia hidalga, lo cual facilitó su enlace con Violante López, hija de Juan Fernández de Valera, a la sazón regidor de Cuenca. Al frecuentar los ambientes cortesanos, pudo convertirse en sanador del rey Juan II de Castilla. Los méritos del físico debieron de ser muchos y bien fundados, porque el monarca decidió que don Alonso encabezara el gremio de los cirujanos. No obstante, había en el sabio un afán especulativo que pujaba por expresarse. Lo ponen de manifiesto dos tratados que redactó por esa época: Espejo de la Medicina —cuyo texto se ha perdido— y Menor daño de la Medicina.
Sin cancelar del todo el contrato sentimental que existe entre el físico y su paciente, Alonso Chirino quiso rescatar las claves de la curación sugestiva, y propuso remedios para que los enfermos llegaran a sanar sin precisar el concurso del médico. Este mérito explica por qué Menor daño de la Medicina se convirtió en una obra tan divulgada entre los lectores del siglo xv, quienes la consideraban una especie de manual terapéutico.