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Cuenca

Cristóbal Becerril

Si a comienzos del siglo xv el orfebre por excelencia fue Alonso Becerril, en las postrimerías de esta centuria fueron Francisco y el hijo de éste, Cristóbal Becerril, quienes condujeron a su máxima cota dicha tradición artesanal, identificando de ese modo su linaje con los primores de la platería conquense. En torno al taller de los Becerril estudió José Camón Aznar las formas renacentistas de la orfebrería. Sin duda, el recuerdo del maestro Cristóbal (1533-1585) inspira una parte no menor de su análisis, extremadamente útil para distinguir las escuelas más importantes de orfebrería renaciente. Los datos que siguen pertenecen, pues, a la cosecha de quien fuera catedrático y director delegado de la Fundación Lazaro Galdiano.

Comenta el estudioso que este taller de los Becerril es el dominio donde las formas propiamente renacentistas adquieren los más bellos adornos. Como ejemplo palpable de esta afirmación, han llegado hasta nuestros días algunas de las creaciones más formidables de la orfebrería plateresca. Tal es la condición del cáliz-custodia de Leganiel, «obra exquisita, de las más armoniosas decoraciones y perfil»; y lo mismo cabe señalar acerca del cáliz-custodia de Belmontejo, «también de los Becerril, de maravillosa factura». Con todo, por encima de los cálices citados se sitúa la custodia de La Ventosa, «con los tres cuerpos —el último redondo— en gradación, con decoración de balaustres». La misma familia de artesanos ideó la custodia de Buendía «con finas labores de grutescos». Obviamente, dentro de esta gama, resalta la custodia renacentista de la catedral de Cuenca, cuyo desarrollo comenzó en 1528, no acabando las tareas del platero hasta 1573. Al decir de los académicos, Francisco Becerril fue quien completó esta pieza, aunque, dicho sea de paso, la actual «no es la de este taller, pues fue destruida durante la invasión napoleónica». Aparte del portapaz de Uclés, los Becerril también realizaron la custodia de la iglesia de San Juan (1585), de Alarcón. En este último caso, el artífice principal fue Cristóbal Becerril, cuyo diseño delata una peculiar hermosura, pues «consta de tres pisos de distintos órdenes, albergándose en el último, muy decorado, el viril» («La arquitectura y la orfebrería españolas del siglo xvi», Summa Artis. Historia general del arte, vol. XVII, Madrid, Espasa-Calpe, 1982, p. 511).

En torno a los Becerriles, comenta Mateo López que el patriarca, Álvaro, era oriundo de tierra de Liébana y que se avecindó en Cuenca. Del hijo mayor de aquél, Alonso de Becerril, «dice don Juan de Arfe, en su libro de Varia conmemoración, que fue famoso en su tiempo por haber hecho en su casa la custodia de [la catedral de] Cuenca, obra tan nombrada, donde se señalaron todos los hombres que en España sabían en aquella sazón». Aclara López que la inscripción de la custodia señala a Francisco Becerril como principal artífice de dicha obra, y líneas más abajo, pondera a Cristóbal Becerril, «igualmente artífice de fama como su padre, que siguió [trabajando como] platero de dicha Santa Iglesia, labrando varias obras para ella, hasta que murió en el año de 1584» (Memorias históricas de Cuenca y su obispado, recogidas y ordenadas por el autor en 1787, volumen I, edición de Ángel González Palencia, Biblioteca Conquense, tomo VI, Instituto Jerónimo Zurita del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ayuntamiento de Cuenca, 1949, p. 283).

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