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Cuenca

Gil Álvarez de Albornoz

Con ser el siglo xiv rico en personajes heterodoxos, confiados en la cruz y en el mandoble, la esencia de ambos símbolos ha sido registrada pocas veces en figuras de alto nivel intelectual. Por esto, acaso se hayan dado las mejores preferencias de la época en Gil Álvarez de Albornoz, un hijo de Cuenca (1300) que llegó a lo más alto de la política y de la condición eclesiástica antes de su muerte, ocurrida el 22 de agosto de 1366. Afecta a la comprobación de este hecho un episodio crucial: tras su eficaz combate contra los benimerines, el rey Alfonso XI premió al religioso —ya por entonces su consejero— con una de las principales dignidades a que podía aspirar un castellano: el arzobispado de Toledo.

Por lo que han referido los cronistas, el nuevo arzobispo, educado en los cánones morales y en las exigencias del Derecho, salió en defensa del estamento religioso. Exhumando las actas y memorias de la época, podemos comprender en qué medida Gil Álvarez de Albornoz quiso perfeccionar el intelecto y las costumbres de los clérigos. Lástima que dicho afán reformista fuera tan súbitamente interrumpido cuando en 1350 subió al trono Pedro I. Como el prelado no vio con buenos ojos los amoríos del Rey con María de Padilla, la situación política se volvió en su contra.

El exilio, causa de muchas intranquilidades, condujo sus pasos hasta la corte pontificia de Avignon. Este destino no fue casual: el papa Clemente VI quiso valorar el perfil del desterrado y le propuso misiones de alta importancia. Por ejemplo, el conquense supo dominar a los rebeldes italianos que, por un tiempo, habían descreído en la autoridad papal. Asimismo, abrió las puertas del Colegio Español de Bolonia, cuyo legado académico quedó a la altura de su fundador. Al granjearse la confianza de los papas Inocencio VI y Urbano V, Albornoz fue generoso en pretensiones, pero asimismo en resultados, pues se hizo ilustre por las vías del ingenio y de la acción.

En Gil Álvarez de Albornoz la actividad política fue acompañada por una admirable firmeza ética. Advertida esta razón, su muerte conmovió a muchos: también al rey Enrique II, quien participó apropiadamente en el protocolo funerario. Cumpliendo su deseo, el cuerpo del prelado fue conducido desde Viterbo hasta Toledo. Admirado por la vida del ilustre personaje, Mateo López reproduce el testamento de aquél para reflejar el modo en que legó los maravedís, joyas, obras de arte y reliquias de su patrimonio. Uno de sus párrafos más solemnes dice así: «Yo don Gil de Albornoz, por la gracia de Dios, obispo de Santa Sabina, Legado de la Sede Apostólica y Cardenal de la Santa Iglesia de Roma. Considerando que no hay cosa más cierta que la muerte, ni cosa más incierta que la hora de ella, deseando llegar al fin de mi peregrinación con extrema, última y testamentaria disposición, hago y ordeno mi testamento y última voluntad de todos los sobredichos mis bienes, por el alma de mis pasados y bienhechores» (Memorias históricas de Cuenca y su obispado, recogidas y ordenadas por el autor en 1787, volumen II, edición de Ángel González Palencia, Biblioteca Conquense, tomo VI, Instituto Jerónimo Zurita del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ayuntamiento de Cuenca, 1953, p. 130).

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