En ningún otro lugar es más fácilmente observable el reconocimiento de nuevas posibilidades ornamentales. «Porque a Cuenca —escribe Camilo José Cela—, que es riquísima, porque todo lo tiene, y pobrísima, porque todo lo da, sólo le falta que le pinte de blanco la torre Mangana, ese pastel que termina la Acrópolis de don Federico» («Cuenca abstracta, la de la piedra gentil», Cajón de sastre, Barcelona, Alfaguara, 1970, pp. 278). Sin embargo, es tal la sobriedad de esa torre —con sus aires de atalaya caballeresca— que el rótulo de Cela, demasiado explícito, no parece cuadrarle. Al fin y al cabo, como dice Raúl Torres, lo primero que ve el viajero que llega a Cuenca es el reloj de Mangana: el que marca el tiempo de la ciudad. Es más, dice el escritor que, desde ese cerro empinado, «se puede contemplar la ciudad de Cuenca en redondo» (Cuenca, corazón, San Fernando de Henares, Editorial Bitácora, 1990, p. 121). Lo cual nos lleva a confirmar que el torreón de Mangana opera como un punto de certeza —así lo implica el engranaje del reloj— en un entorno propenso al desconcierto.
Para definir con más sutileza esa identidad, cabe destacar que la torre se alza donde antaño estuvo el alcázar árabe y en las proximidades de una sinagoga. Hay quien dice que sirvió de soporte a una catapulta, pero esta fórmula guerrera no nos parece tan sugerente. Importa más saber que hizo las veces de campanario de la iglesia de Santa María la Nueva, consagrada en 1403. Al decir de Pedro José Cuevas, esta torre de planta cuadrada tuvo en su chapitel una cruz y una veleta de hierro colocados en 1532 por el rejero Esteban Lemosín. Este personaje, al igual que antes lo hicieron otros de su mismo gremio, se encargó de gobernar el reloj entre 1531 y 1534 (Cuenca, Editorial Alfonsípolis, 2000, p. 196).
César González-Ruano califica a este edificio como un blasón arquitectónico de la ciudad, y destaca la tradición según la cual fue construido por los árabes. Pero lo que más agrada al cronista es el panorama, porque, desde esta altiplanicie, «se domina casi toda la extensión del plano de la ciudad y el bellísimo paisaje de la hoz por cuyo fondo corre el Júcar» (Guía de Cuenca y principales itinerarios de su provincia, fotografías de Francisco Catalá Roca, Barcelona, Planeta, 1956, p. 33).