La cronología tardomedieval es más compleja de lo que a primera vista pudiera parecer: sus convenciones están fundadas en matices y no en estereotipos fatalmente reduccionistas. Sin embargo, de forma simultánea, la evidencia de aquel tiempo es difícil de obtener sin señalar cierta tensión dramática. En realidad, el criterio descriptivo más estimulante sobre este punto sigue aproximándose a la literatura. De ahí que un experto como José Pijoán esté calificado para resumir ideas por medio de fórmulas evocadoras. «El señorío —escribe— que había estado pertrechado en castillos inexpugnables, construye ahora palacios urbanos que invitan a los grandes, los medianos y los chicos a su contemplación». De otra parte, los señores «construyen grandes alcázares que compiten unos con otros por su fastuosidad. Las torres en los ángulos no pretenden estar allí para defenderse, sino para alardear riqueza». Torres que son metáforas, como también lo son las custodias de oro y plata lucidas en las procesiones. «¿Quién las hizo? Un platero de Cuenca. ¿Quién las pagó? Todos a una. Tanto el indiano que volvió rico como el que quedó pegado a los terrones. Todos a una. No hay diferencias de gustos ni de opinión» («La voz del pregonero», introducción a «La arquitectura y la orfebrería españolas del siglo xvi», Summa Artis. Historia general del arte, vol. XVII, Madrid, Espasa-Calpe, 1982, p. I).
Si bien Pijoán se refiere a torres defensivas, erigidas a modo de salvaguardia de la identidad cristiana, podemos incluir en el mismo inventario a esta torre del templo de Santo Domingo de Silos, donde oraban en tiempos muy lejanos los Caballeros de la Sierra. De la iglesia lo poco que puede decirse consta en las crónicas: poseía una formidable nave y no le faltaron capillas. Muchos alarifes intervinieron en su construcción, completada con los ornamentos de artífices como Esteban Jamete. La torre, de planta cuadrada, es el último vestigio de dicha estructura, pues aunque en 1863 lo remodeló Juan José Trigueros, el templo fue derruido en 1929 con el propósito de ceder un solar a los juzgados. Por eso, más que a un campanario, Santo Domingo se asemeja a un baluarte, a un bastión que defiende a Cuenca de imaginarios enemigos.
La paradoja de esta torre aislada de su antiguo templo es inseparable del sobrerrealismo conquense. Esta condición, descrita por Federico Muelas, se traduce en desniveles y grados de particularidad topográfica, inspiradores de una arquitectura en extremo desconcertante. En un nivel menos sofisticado, pero oteando el mismo horizonte, Baroja señaló que en Cuenca los burros se asomaban a las ventanas. La razón, según transcribe Raúl Torres, es que «por una calle sólo puede haber un piso, como ocurre en la de Alfonso VIII, Plaza Mayor y calle de San Pedro, mientras que en la parte posterior, donde las fachadas desembocan a los ríos, puede haber hasta ocho o diez» (Cuenca, corazón, San Fernando de Henares, Editorial Bitácora, 1990, p. 126).