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Cuenca

37. Ronda de Julián Romero o del Huécar

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Si la observamos con precisión geológica, Cuenca es una ciudad que se enfrenta al caos con valentía. Para describir de forma adecuada ese espíritu caótico, basta asomarse al abismo desembarazándose del estorbo que supone el vértigo. Este ideal entra en la expresión de Mateo López, que describe el paisaje en la disposición de los pliegues rocosos. «Su asiento es en una colina o elevado cerro —escribe—, todo de peña viva, entre otros dos mucho más altos, de los que la separan grandísimas profundidades, nombradas hoces, por donde corren los ríos Júcar y Huécar». Este último río, por cierto, tiene su mérito en el trazado urbano, pues «rodea por lo exterior de la muralla al lado del Mediodía y Occidente, dividiendo el arrabal de la ciudad y el primero por la parte del norte» (Memorias históricas de Cuenca y su obispado, recogidas y ordenadas por el autor en 1787, volumen I, edición de Ángel González Palencia, Biblioteca Conquense, tomo V, Instituto Jerónimo Zurita del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ayuntamiento de Cuenca, 1949, p. 43).

Aunque en tiempos pasados fue un foco de insalubridad, el Huécar acumula hoy méritos biológicos y urbanísticos. Siguiendo el camino que inaugura el templo de San Pedro, el viajero puede dirigirse rumbo a la Plaza Mayor disfrutando de esta Ronda que alterna la fachada posterior de los edificios y las amplitudes de la Hoz del Huécar. Cuando la tentación de la naturaleza es más intensa, la mirada se detiene en el verdor. Con razón escribe Federico Muelas que «los árboles de Cuenca son de otro modo: los chopos más altos, las nogueras más patriarcales, los álamos más gentiles, los pinos más señeros. Y a Cuenca la define en gran parte esta singularidad de sus árboles diferentes» (Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos, León, Editorial Everest, 1977, p. 12). Pero la Ronda de Julián Romero no se limita a este panorama ribereño. Desde que en 1950 retiró los desechos y las ruinas que lo hacían intransitable, hay otros jalones de importancia en este paseo. Por ejemplo, el mirador Florencio Cañas, el Cuarterón —antaño casa solariega de los Albornoz— y la Posada de San José, que mucho antes de convertirse en establecimiento hostelero albergó el Colegio de los Infantes de Coro de la Catedral.

A merced de la corriente, el curso fluvial adquiere otra dimensión. Así, «el viajero puede elegir el camino de las hoces —escribe Raúl Torres— y remontar el Huécar o el Júcar». En el caso de optar por el primero de ambos ríos, «tiene para disfrutar el sobrecogimiento de un paisaje pentadimensional». Un paisaje que amplía su horizonte hasta llegar a las fuentes, situadas a doce kilómetros. Animan el trayecto dos pueblos de escaso perímetro, El Molino de Papel y Palomera, «y un panorama único salpicado de huertas (hocinos) repletas de tomates tardíos y olor a membrillos maduros» (Cuenca, corazón, San Fernando de Henares, Editorial Bitácora, 1990, p. 28).

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