Una de las más elocuentes composiciones urbanas de Cuenca es el arco que se abre en la calle de San Pedro a modo de embocadura hacia la Plaza de San Nicolás. En este pasadizo entre dos dominios arquitectónicos tan bien diferenciados hallamos una escultura de Leonardo Martínez Bueno y el recuerdo de Esteban Jamete, quien habitó este lugar. Una vez en el interior de la plaza, el interés se prolonga en la iglesia de San Nicolás de Bari, sobria y elemental en su estructura, con un único ingrediente de gallardía: su torre cuadrada. El interior del templo mantiene el tono de humildad, sólo interrumpido por el retablo donde figura la estatua de San Nicolás, que fue donada por don Ramón Falcón de Salcedo.
En las proximidades, el visitante puede conocer la Casa de los Cerdán de Landa o de Zavala, actualmente gestionada por las autoridades municipales. Al tratarse de una soberbia casona palaciega, su interés abarca dos regiones adyacentes como son la estética y la historia. Aparte de una exhibición de piezas de rejería, acá se abre el museo del pintor Antonio Saura, lo cual, muy oportunamente, introduce un sesgo de modernidad en este ámbito.
Tan ilustre casona permite además comprender el modo en que dispuso sus hogares el patriciado local. Por la misma vía, sus hechuras favorecen el fantaseo, y de ese modo imaginario, el curioso puede convocar ante el portón del palacio a los más honorables señores de Cuenca. Ojeando un listado de César González-Ruano, podemos recordar, entre los prebendados y príncipes de la Iglesia, a los Ramírez de Fuenleal, los Mendoza y Bobadilla, los Carrillo de Albornoz, y los Paradas, Vidaurres y Alarcones. El inventario de personalidades se enriquece con los maestros Becerril y Astorga, los arquitectos Vélez y Mora, y los rejeros Arenas, Muñoz, Andino y Beltrán. Si concedemos el mismo valor al intelecto, no faltarán al quimérico encuentro Juan de Valdés, Fray Luis de León, Luis de Molina, Melchor Cano, Constantino Ponce de la Fuente, Baltasar Porreño, Luis Valle de la Cerda, Miguel Caxa de Leruela, Alonso Chirino, Gonzalo Bustos de Olmedilla, Alonso Díaz de Montalvo, Clemente de Aróstegui, Silvestre de Alcohujate, Ferrer Pertusa, Mosén Diego de Valera, fray Lope de Barrientos, Juan Alfonso de la Encina y José de Villaviciosa. Recorren un espacio de tiempo posterior notables como el abate Lorenzo Hervás y Panduro, Juan del Pozo, Pedro López de Lerena, el obispo ilustrado Antonio de Palafox, Alfonso Clemente de Aróstegui, José Antonio Conde, Capistrano de Moya, Fermín Caballero, Lucas de Aguirre, Romero Girón, Trúpita y Jiménez de Cisneros. «Y como de todo ha de haber en la viña del Señor, y sin duda con humorística tolerancia suya —dice González-Ruano—, Cuenca aporta a la crónica picaresca los nombres del alférez Chinchilla, del fantasma de Chuquisaca, de Morales de Abad, de Miguel de Molina, de Jerónimo de Liébana, de la endemoniada de Tinajas». Lo cual, sumado a la personalidad de Torralba y a las tradiciones de sortilegios en la Alta Sierra, «pone, como un encanto más, sobre nuestra región, la brujesca cejilla de lo mágico y sobrenatural» (Guía de Cuenca y principales itinerarios de su provincia, fotografías de Francisco Catalá Roca, Barcelona, Planeta, 1956, p. 19).