Entre las Casas Colgadas y el puente de San Pablo, la escultura del Pastor de las Huesas del Vasallo, llevada a cabo por Luis Marco Pérez en 1929, induce a la serena contemplación de un horizonte que se quiebra sin remedio. La presencia de este pastor de bronce mueve el espectáculo serrano y conecta con la visión lírica de Ramón de Campoamor: «De montes circundada / está Cuenca, fundada / sobre un cerro de forma de una piña, / y conforme desciende va, ensanchada, / a buscar mas espacio en la campaña». Con todo, la seducción del paisaje proviene de una sima que además implica una conducta del Huécar. Ante la brecha dispuesta por la orografía, al hombre sólo le cabe tender pasarelas tan propensas al vértigo como la de San Pablo: un puente que ni siquiera el abismo no puede conjurar, diseñado para unir la parte posterior de la Catedral con el convento de San Pablo, que antaño sirvió de residencia a los Padres Paúles.
Aunque el viajero cruce hoy esta pasadera metálica, debe saber que tal estructura sustituye a un viejo puente de piedra, organizado mediante cinco arcos que se apoyaban sobre cuatro pilares. Ordenó su construcción el canónigo don Juan del Pozo, y los trabajos duraron desde 1534 hasta 1589. Los maestros de obras que intervinieron a lo largo de este periodo fueron Francisco de Luna, Andrés de Vandelvira, Juan Gutiérrez de la Hoceja, Juan de Palacios, Hernando de Palacios y Juan de Meril. Ninguno de ellos acertó a fortificar los pilares, refrenando así la tendencia al hundimiento que bien pronto manifestó su obra.
El abismo propende a la tragedia. De ahí que el puente de San Pablo tenga algo de encrucijada fatal. «Es, por tanto, la versión conquense del Puente de los Suicidas, ya que fueron muchos los que, en lejanos tiempos, desde él se arrojaron al vacío» (Francisco Gómez de Travecedo, Cuenca, Madrid, Publicaciones Españolas, 1959, pp. 21-22). No por casualidad, este dramático determinismo acabó afectando a la plataforma que unía los dos murallones de piedra. «La fábrica primitiva —escribe César González-Ruano— se componía de cinco grandes arcos de piedra cuyos pilares, que ascendían desde el hondo valle por donde serpentea el pequeño Huécar, presentaban la fortaleza de enormes torres». Pero durante la noche del 7 de mayo de 1786, se resquebrajó el primer tramo. El derrumbe afectó asimismo al segundo arco, muy cercano a la ciudad. El arquitecto Mateo López hizo lo posible para enmendar el desastre, y de hecho, el puente permaneció en pie hasta 1895. Mas fue entonces cuando el desplome de otro de los arcos recomendó su total demolición (Guía de Cuenca y principales itinerarios de su provincia, fotografías de Francisco Catalá Roca, Barcelona, Planeta, 1956, pp. 41-42). De acuerdo con los planos de José María Fuster, George H. Bartle construyó el actual puente metálico, que fue inaugurado el 19 de abril de 1903.