Existen interpretaciones simbólicas muy convincentes en lo que se refiere a los viaductos, y todas ellas les cuadran a la perfección a puentes como el de Trinidad, tendido frente a la fachada del Hospital de Santiago, y el de San Antón, cuyo primer armazón, según dicen, fue erigido por los hispanos del siglo iv. En esta senda, la razón poética de Gerardo Diego gana terreno a cualquier detalle técnico: «Cuenca, toda de plata, / quiere en ti verse desnuda, / y se estira, de puntillas, / sobre sus treinta columnas» («Romance del Júcar», Hasta siempre (1925-1941), en Obras completas, tomo I, edición preparada por Gerardo Diego; edición, introducción, cronología, bibliografía y notas de Francisco Javier Díez de Revenga, Madrid, Aguilar, 1989, pp. 565-566).
Además de fuerte personalidad, el Puente de San Antón posee carácter lírico, pero revela ante todo una razón práctica. Según las crónicas, el actual pontón tuvo un antecedente en 1452. Partiendo de esa estructura, sus dos arcos de medio punto quedaron en vilo sobre el río Júcar desde el siglo xviii, y durante varios siglos sirvió para el paso de personas y el acarreo de mercancías. Merecen asimismo consideración las tareas desempeñadas por los restauradores: cuando en 1851 las autoridades dictaminaron su ruina, los alarifes contratados diseñaron un nuevo armazón para sostener los arcos. El proceso culminó en 1867. Muchos años después, en 1995, unas aceras mejoraron la comodidad del paso.
Desde la altura de San Antón, el panorama botánico del Júcar pregona todo su esplendor. «Álamos de Cuenca —escribe Federico Muelas—, poderosos y delicados, siempre adolescentes, bellamente lunares, erigiendo la amplitud de su gigante despedida junto a las aguas, casi con humana conciencia». Desde esta orilla, el repertorio se enriquece con solemnidad: «Chopos que imaginamos en esta ciudad de prestigio procesional, abandonado las orillas de los ríos, ascendiendo por las callejas, adentrándose en la Catedral, donde las góticas ojivas brindan hornacinas a su esbeltez». Ya en la lejanía, como un anuncio del clima serrano, las coníferas también inspiran al poeta: «Pinos aislados, como monumentos del paisaje. Pinos en unidad viril, oponiendo junto a la indecisión romántica del bosque las formulaciones concretas de su asamblea» (Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos, León, Editorial Everest, 1977, pp. 12-16).