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Cuenca

4. Museo Diocesano

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Convencido del poder simbólico del arte religioso, el viajero puede descender tres plantas por debajo del Palacio Episcopal para descubrir las catorce salas que, decoradas por Gustavo Torner, albergan el Museo Diocesano. Inaugurado el 23 de mayo de 1983, este centro forma parte esencial del patrimonio conquense. Refrenando la tendencia a la dispersión propia de las exhibiciones de sacristía, el espacio museístico que nos ocupa aspira a reducir en sus anaqueles un flujo estético que se extendió a lo largo de los siglos. En cierto modo, dicho museo nos recuerda aquella afirmación de González-Ruano sobre los tesoros ocultos de Cuenca. A su modo de ver, cada vez que se derriba un tabique en la capital, aparece una buena colección de esqueletos. Y aunque el escritor se refería con esta broma a los tesoros enterrados en el cerro de la Majestad o en la cueva de Madero, no es exagerado pensar que tales riquezas parecen haber hallado un digno protocolo dentro de las salas que acá describimos.

Los paseantes pueden acceder a este lugar entrando por la calle lateral del Palacio Episcopal. Catálogo en mano, el repertorio a disposición del curioso parece inagotable, e incluye retablos, lienzos, piezas de orfebrería, alfombras y tapices. Además de tablas de Juan de Borgoña, cuelgan de las paredes dos pinturas de El Greco. Asimismo, hallará el visitante obras de Martín Gómez y Gérard David, y también podrá admirar el famoso Díptico Bizantino o Relicario de los Déspotas del Epiro, fechado en el siglo xvi. Enriquecen el inventario una Resurrección del imaginero Diego de Tiedra y una formidable muestra de cálices y custodias. En este punto, claro está, se impone el recuerdo de la familia Becerril, comenzando por Cristóbal, artífice de extraordinario mérito. El protagonismo de este apellido dentro del Museo Diocesano permite, a modo de digresión, una glosa más amplia de esta dinastía de plateros.

El de los Becerril es un mundo cuyo aflujo de imágenes parece tan caudaloso que en ocasiones resulta difícil identificar al miembro del clan que llevó a término una determinada obra. Por ejemplo, sabemos por medio de Mateo López que el platero Francisco Becerril diseñó la custodia de plata de la iglesia de Campo de Criptana, la cruz de la iglesia de San Andrés de Cuenca, y los cetros de plata de la catedral conquense y de la iglesia parroquial de la villa de Iniesta. Pero la duda surge con la custodia de la iglesia de Villaescusa de Haro, que se le atribuye con menor certeza. Lógicamente, facilita este proceso de atribución la existencia de leyendas en la pieza examinada. Así, la custodia de la villa de Alarcón se distinguió mediante la inscripción siguiente: «Esta custodia mandó hacer don Gaspar de Quiroga, obispo de Cuenca, a costa de las fábricas de la Iglesias de esta villa de Alarcón; acabóse siendo obispo de Cuenca el ilustrísimo señor don Gómez Zapata, y curas el licenciado don Julián de Ávila, Hernando de los Paños, Diego Lastoren y Melchor Granero; hízola Cristóbal Becerril, platero, vecino de Cuenca; acabóse en 20 de junio de 1575» (Mateo López, Memorias históricas de Cuenca y su obispado, recogidas y ordenadas por el autor en 1787, volumen I, edición de Ángel González Palencia, Biblioteca Conquense, tomo VI, Instituto Jerónimo Zurita del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ayuntamiento de Cuenca, 1949, p. 284).

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