De martes a domingo, el visitante tiene la ocasión de conocer los fondos culturales reunidos en esta galería cuya identidad local no rebaja, en modo alguno, el interés de las colecciones que en ella encuentran espacio. Ubicado en el número 6 de la calle Obispo Valero, el museo que motiva estas líneas ocupa los sólidos muros de la antigua Casa Curato de San Martín. Esta escenografía, acorde con el carácter histórico de la exposición, rinde ya un suficiente homenaje al pasado conquense, argumento esencial que sirve además para justificar la visita.
Aunque en todo relato histórico se entreveran certeza documental y una cierta dosis de ficción, lo cierto es que el Museo de Cuenca se ciñe a esa razón incontestable que son los restos arqueológicos. De este modo, salimos de lo opinable para aferrarnos a lo más concreto: esa verdad que inspiran la roca pulida y los capiteles de mármol, la orfebrería y las viejas monedas. Al fin y al cabo, no escasean los yacimientos en la provincia, y tampoco faltan los estudiosos que, cepillo en mano, extraen de la arena prodigiosos hallazgos.
Por explicables razones, el periodo romano supone para los conquenses uno de los más fértiles caudales de arte antiguo. De ahí que los anaqueles del Museo concierten con primor las numerosas piezas que a él llegaron procedentes de Segóbriga, Valeria, Ercávica y los Fosos de Bayona. El jugo de la estética imperial está contenido en columnas, estatuas y pequeños abalorios, dando así expresión a los caprichos más clásicos. Con todo, aun cuando se sostenga que el tramo dedicado a la Cuenca romana es uno de los más notables, no han de quedar en el olvido las galerías que reúnen materiales de origen visigodo y arábigo.
De este modo, al aglomerar en el mismo conjunto un caudal de tan extensa cronología, lugareños y forasteros tienen acceso a una serie idónea para explorar su identidad, o por mejor decir, su patria nostálgica: ésa que, habiendo recibido el beneficio de los siglos, implanta su topografía en el osario de las crónicas y de la épica.