Casi nadie ignora en Cuenca que el estilo neogótico fecundó algunas de las creaciones arquitectónicas más notables de la ciudad. Tal es el caso de El Salvador, originalmente construida en el siglo xii, pero levantada con su actual perfil durante el año 1656. A buen seguro, su portada con arco de medio sugería una invitación al cobijo espiritual, y quizá por ello el obispo Sebastián Flores decidió en 1773 que la nave sirviera de asilo a los conquenses que sufrieran algún tipo de persecución. Esta indiscutible virtud se mantuvo en el tiempo, aunque en 1903, fecha en que remodeló el edificio Luis López de Arce, ya no fuera aquélla una finalidad urgente, sino un vestigio de pasados avatares.
La Semana Santa tiene un lugar asegurado entre estos muros, dado que en el interior de la iglesia se custodian pasos tan importantes como el de Jesús Nazareno, cuyo desfile procesional tiene lugar durante la madrugada del Viernes Santo. El poeta Lucas Aledón, sensible a esta devoción, dedica unos versos a esta imagen que hoy atrae a los feligreses hasta El Salvador. «Nunca será Tu noche, sin locura —escribe—, vibrará siempre Tu cuerpo a la deriva / bajo el madero de arista dura que clava su infierno en Tu carne viva» (citado por Raúl Torres, Cuenca, corazón, San Fernando de Henares, Editorial Bitácora, 1990, p. 204).
Con una probidad minuciosa, el arquitecto Mateo López analizó a fines del siglo xviii las cualidades de esta iglesia de una sola nave. De ella dijo que es «bastante espaciosa y desahogada». No obstante, llegó a la conclusión de que «sólo hay en ella digno de notarse algún altarcito antiguo de buena arquitectura», destacando que «además de la nave tiene una orden de capillas por cada lado, pero sin cosa notable» (Memorias históricas de Cuenca y su obispado, recogidas y ordenadas por el autor en 1787, volumen I, edición de Ángel González Palencia, Biblioteca Conquense, tomo VI, Instituto Jerónimo Zurita del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ayuntamiento de Cuenca, 1949, p. 332). Con un espíritu más favorable, César González-Ruano alaba los herrajes que adornan la puerta principal de la parroquia, y compara a ésta con la de San Antón, pues en ambas descubre varias de las tallas que figuran en las procesiones conquenses. A modo de nota característica, completa su visita en la torre neogótica —obra de López de Arce— y la describe como el «campanario más importante de la ciudad, pues los toques de sus cuatro grandes campanas se oyen a varias leguas de Cuenca, repitiendo sus ecos las oquedades de las hoces» (Guía de Cuenca y principales itinerarios de su provincia, fotografías de Francisco Catalá Roca, Barcelona, Planeta, 1956, p. 31).