En esta franja izquierda del Júcar, el contorno de la muralla nos recuerda que la ciudad, según escribe el Padre Mariana, es el resultado de la fuerza de interrelación: puesta en los confines de la Celtiberia, fue edificada por los árabes en lo alto de un collado «áspero y empinado, que a mano derecha y a mano izquierda estrechan los ríos de Júcar y Huécar con las riberas y hoces muy altas, de tal guisa que es inexpugnable por la naturaleza del lugar». En los tiempos de Mariana, la subida era ciertamente dificultosa, y las calles «estrechas y tan agrias, que a veces no se pueden andar a caballo y apenas se andan a pie» (citado en Todo Cuenca y su provincia, Madrid, Editorial Escudo de Oro, 1992, p. 4). Son ésas las mismas calles empinadas, estrechas y torcidas que Federico Muelas impregna «con humedad de río cercano o rumor lejos de agua profunda». En este caso, las palabras del poeta sirven para resumir una idea urbanística compleja y llena de desafíos. «La imagen hace el milagro: la ciudad, alzada de puntillas, al reflejarse en el río queda montada en el aire» (Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos, León, Editorial Everest, 1977, p. 16).
Y si el callejero vuelve a ser para los conquenses angosto, espontáneo, ensortijado, pero personalizado al extremo, es decir, constante con la tradición local, no es menos cierto que los tres accesos a la Bajada de San Miguel pueden considerarse como el ejemplo cabal de ese trazado. Aún más: esta pintoresca escalinata que es la Bajada nos conduce a la iglesia del mismo nombre y con ello recuperamos el perdido equilibrio y afinamos nuestra capacidad espiritual. Dicen los observadores mejor informados que San Miguel fue inaugurada a finales del siglo xiii, pero de ese periodo sólo queda en pie el ábside semicircular. Así, pues, del resto del edificio cabe extraer pautas del siglo xvi. Según cuentan, el propio Esteban Jamete dio muestras de su arte en la cúpula del templo. Gracias al apoyo del obispo José Flores Osorio, y en querella con la citada tradición, alarifes con gustos neoclásicos intervinieron en el recinto durante el siglo xviii. Remediando en parte los destrozos que sufrió la iglesia durante la Guerra Civil, Fernando Chueca Goitia llevó a término un plan restaurador que nos permite disfrutar de la bella portada renacentista. En la actualidad, San Miguel dispone de una sala de conciertos, lo cual ejemplifica en qué medida éste es un lugar idóneo para la experiencia imaginativa.
En otra dirección, el colorido de la Bajada de San Miguel admite tanto una glosa poética como la referencia puramente descriptiva. Raúl Torres detalla en qué medida le impresionan estos colores de Cuenca: «No sé si son los ríos o los cerros —escribe—, el cielo puro de Cuenca que se quiebra en un caleidoscopio invisible; quizá los chopos, los pinos o la caliza alimentada con sus caries atornasoladas». En este y otros enclaves, el cromatismo de las casas se torna alimento cotidiano, y acumula en la experiencia los rojos y amarillos, los morados, azules y grises. «Por eso —añade— creo que, si a algún hijo de Cuenca se le mete la navaja barbera en las entrañas, saltarán a chorro los colores» (Cuenca, corazón, San Fernando de Henares, Editorial Bitácora, 1990, pp. 109-111).