Introducir a la arquitectura en el territorio de la leyenda no es menos aventurado, tal vez, que justificar crédulamente el devenir de algunas reliquias, pero en todo caso nos ayuda a comprender en qué medida el devocionario popular mide los tiempos en Cuenca. Así queda de manifiesto al visitar este templo de Nuestra Señora de la Luz o de San Antón, que por cierto sirve de sede a la patrona de la ciudad. Quizá no huelgue recordar que los mismos cimientos sostuvieron un convento-hospital, y que Alfonso VIII tuvo en este lugar una experiencia sólo analizable en el plano del fervor mariano. La primera fundación, al albur de ese acontecimiento sobrenatural, tuvo lugar en 1345. «El de San Antonio Abad —escribe Mateo López— era de hospitalidad, donde se curaban enfermedades de fuego [sacro] de San Antón u otras semejantes». Con ese propósito, «está situado extramuros de esta ciudad, a la parte de Occidente, pasado el río Júcar». En lo que concierne al patronazgo del convento, su titular es San Antonio Abad, pero de su templo lo es asimismo Nuestra Señora de la Luz, «nombrada del Puente, que también lo es de la ciudad» (Memorias históricas de Cuenca y su obispado, recogidas y ordenadas por el autor en 1787, volumen I, edición de Ángel González Palencia, Biblioteca Conquense, tomo VI, Instituto Jerónimo Zurita del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ayuntamiento de Cuenca, 1949, p. 326).
En lo que atañe a su realización física, sabemos que la iglesia fue erigida en el siglo xvi, y que el convento fue cabalmente remodelado por José Martín de Aldehuela en el siglo xviii. Gracias a este último alarife, los visitantes pueden admirar la decoración rococó que ilumina el interior del templo. «Martín de Aldehuela —escribe Federico Muelas—, que había conocido de cerca los trabajos recientes de unos cuantos arquitectos franceses, creó en Cuenca un rococó ajustado a la severa reciedumbre de los muros supervivientes, de las sobrias naves». Por tan loables cualidades, esta fórmula es «asombro de originalidad, de peculiarísimo sentido de la forma, de riqueza ornamental» (Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos, León, Editorial Everest, 1977, p. 58).
Tanto la traza exterior como la configuración interior han sido objeto de intensas enmiendas y reformas. A pesar de ello, dice González-Ruano que el templo «conserva una bella portada de piedra franca de Arcos de la Cantera, de finísima labor». El cronista coincide con Giménez de Aguilar al advertir que acaso esta pieza proceda «de la misma mano que labró los arimeces de la capilla de Villarreal, aunque la ermita de San Antón ha resistido mal las inclemencias del tiempo y se halla profundamente erosionada». Espaciosa y bien armonizada, la iglesia tiene otras cualidades notables. Así, sobre su altar mayor «luce una cúpula airosa con pinturas de algún mérito y discreto gusto» (Guía de Cuenca y principales itinerarios de su provincia, fotografías de Francisco Catalá Roca, Barcelona, Planeta, 1956, p. 25). Estos y otros ingredientes convierten al templo de Nuestra Señora de la Luz en un foco de interés artístico, a tal extremo que Federico Muelas afirma que el viajero «no debe salir de Cuenca sin visitar al menos ese joyel singularísimo». El poeta lo considera distinto a todos los demás monumentos y le concede una distinción religiosa, pues «al borde mismo del Júcar cobija a la Virgen Morena del Candilico de Plata, la Virgen de la Luz, madre en espera siempre» (Muelas, op. cit., p. 58).
La festividad de Nuestra Señora de la Luz, patrona y alcaldesa honoraria de la ciudad, tiene lugar entre el 24 de mayo y el 1 de junio. Según escribe Francisco Gómez de Travecedo, la imagen de la Virgen está elaborada con piedra negra y lleva un Niño entre sus brazos. En esto, por cierto, coincide con una tradición medieval muy extendida en otros lares. En cuanto a la intervención de Alfonso VIII en la historia del recinto, el cronista se remonta a los tiempos de la conquista. «Se dice que durante el cerco veían desde las murallas de Cuenca una misteriosa luz, y acercándose, encontraron a Nuestra Señora de la Luz, con un candil en las manos» (Cuenca, Madrid, Publicaciones Españolas, 1959, p. 11).
Por supuesto, la vida original del convento poco tiene que ver con estas efusiones festivas que mencionamos en el párrafo anterior. Según Mateo López, la fraternidad monacal se componía del comendador, que a su vez era sacerdote, y de cuatro o cinco legos que se dedicaban a servir en la casa y a recoger las limosnas. La fundación de esta comunidad tuvo lugar poco antes de 1352. Lo sabemos porque «en dicho año consta en el Bulario de la Orden de Santiago, escritura tercera, que los procuradores de la demanda de San Antonio Abad, de Cuenca, presentaron a don Juan, prior del convento de Santiago de Uclés, un privilegio para que no les estorbase la petición en los pueblos del priorato» (Memorias…, op. cit., p. 326).