A lo largo de este paseo por el casco antiguo, la reflexión más reiterada concierne a las ruinas que devoran la antigua grandeza de la ciudad. «Mucho ha perdido Cuenca —escribe César González-Ruano—, pero mucho conserva todavía y podríamos estar contentos si no perdiera ya nada más». Curiosamente, este análisis optimista del escritor no siempre ha sido compartido por los lugareños. «El que vive siempre en su sitio —señala—, hace costumbre de la maravilla y la maravilla lleva al aburrimiento». De ahí que sean los visitantes foráneos quienes, en más de una oportunidad, enlacen las ideas latentes del sueño urbano: «Cuenca debe oír las lisonjas o las censuras de los extraños, que siempre la verán con ojos menos amanerados y tal vez más llenos de amor que los de sus propios hijos» (Guía de Cuenca y principales itinerarios de su provincia, fotografías de Francisco Catalá Roca, Barcelona, Planeta, 1956, p. 7).
Todo lo anterior nos conduce ante el edificio de las Escuelas Aguirre, insuficientemente valoradas por más de un observador local. En esta oportunidad, glosamos una muestra armoniosa de la arquitectura decimonónica, simétrica en su perfil y sobria en los arreglos ornamentales, de acuerdo con el estilo de su diseñador, Rodríguez Ayuso. El edificio fue erigido en 1884 gracias al patrocinio del filántropo Lucas Aguirre y Juárez. Lo funcional de su estructura ha permitido que hoy se alojen entre estas paredes un Centro Cultural gestionado por las autoridades municipales y el Archivo Histórico Provincial. Este último, copioso y ordenado, permite desarrollar cómodamente el trabajo de investigación, lo cual, dicho sea de paso, confirma un juicio de Federico Muelas; y es que en opinión del poeta, la Cuenca antigua «atesora las condiciones ideales para el trabajador intelectual». En suma, Cuenca puede ser la ciudad soñada por los estudiosos. «Y yo pienso —escribe— en sus archivos a la espera, en sus bibliotecas expectantes, en sus Museos» (Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos, León, Editorial Everest, 1977, p. 65).
Por medio de esta sugestión intelectual, parece que el simbolismo de los bibliófilos y los eruditos encuentra una confirmación en las Escuelas Aguirre. No es inverosímil que éstas figuren entre los centros donde el curioso mejor puede transformar las ideas inconscientes que le sugiere la oferta monumental. «Cuenca es ciudad para digerir —escribe Camilo José Cela—, para rumiar despacio como una merienda antigua, abundosa y atroz». Después de haber rebuscado en los anaqueles y mejorado el ánimo, la calle espera, pues Cuenca es asimismo una ciudad «para beber de golpe, como el mal vino de la buena borrachera en la que nos da por cantar y por jurar amor eterno a cada piedra, a cada insecto, a cada pájaro, a todas las criaturas» («Cuenca abstracta, la de la piedra gentil», Cajón de sastre, Barcelona, Alfaguara, 1970, p. 279).