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Cuenca

31. Ermita de las Angustias

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En la dilatada trayectoria de esta institución religiosa existen varios jalones de interés. En principio, hay detalles que sitúan a los conquenses del siglo xiv venerando en una ermita a Nuestra Señora de los Dolores. Una vez llegados a la ciudad los franciscanos descalzos, este edificio pasó a formar parte de sus dependencias. Por consiguiente, se hizo preciso edificar una nueva ermita para canalizar el fervor mariano. En el último trecho del siglo xvii quedó erigida la iglesia actual, y en 1711 instalaron en su interior la talla de la Virgen de las Angustias. Para facilitar el acceso de los devotos, José Martín de Aldehuela diseñó un costoso trabajo de explanación. Finalmente, la ermita se inauguró en 1756. Por desgracia, su posteridad no fue del todo feliz: el último de los dramas que dañaron gravemente su patrimonio y funcionamiento fue la Guerra Civil.

El visitante actual puede valorar la estructura del templo: su planta de cruz latina, el altar barroco y las columnas salomónicas. Signos de una arquitectura que descarga sobre la piedra la empresa de reverenciar al Creador. En todo caso, hablamos de una simbología muy ligada al devenir conquense, a tal extremo que impregna en parte su identidad urbana. «Mucho se ha hablado a modo de propaganda del patetismo de Cuenca —escribe César González-Ruano—. Esta expresión ha sido rechazada por algunos», acaso por que entendieron por error que el concepto patético era un sinónimo de triste. Pero la definición tiene otros alcances: «Cuenca es patética, y precisamente por ello puede hospedar con más exactitud que otras ciudades el tremendo espectáculo de las procesiones de Semana Santa» (Guía de Cuenca y principales itinerarios de su provincia, fotografías de Francisco Catalá Roca, Barcelona, Planeta, 1956, p. 25).

En ese horizonte de patetismo, adquiere un nuevo realce esta ermita, dado que Nuestra Señora de las Angustias es la patrona de la diócesis. Como expresión del fervor popular, su manto es besado el Viernes de Dolores. El gesto, por otro lado, se suma a otros que confirman la devoción mariana de los conquenses. «La Virgen de la Luz —escribe Federico Muelas— es la leyenda y la del Sagrario, la Historia, pues llegó con Alfonso VIII, trayendo en su seno las Sagradas Formas». Por su parte, la Virgen de las Angustias define, con mayor sencillez si cabe, esa devoción que venimos comentando. No en vano, «a ella se va para hablarle más que para rezarle, para contarle más que para decirle». Y subrayando este recogimiento, su ermita «está escondida entre las rocas, custodiada por raros gigantes de piedra, colosales centinelas embozados en yedras milenarias» (Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos, León, Editorial Everest, 1977, p. 62).

Si descartamos del asunto sus linderos meramente folclóricos, este apego hacia la Virgen de las Angustias queda enmarcado en el ciclo cuaresmal, cuyas pinceladas más notables parecen extraídas de un cuadro de El Greco. «El paseo en Jueves Santo —escribe Raúl Torres—, es como un vuelo hacia el tiempo del Viernes; lento, muy lento, tropezando en las murallas apenas visibles ya de las cocheras». En este dominio de claroscuros, «a las gárgolas les rezuman lágrimas de los ojos casi extinguidos cuando empieza a marcharse esa luz, ese sentir, ese vivir del Jueves» (Cuenca, corazón, San Fernando de Henares, Editorial Bitácora, 1990, p. 204).

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