En medio de la bonanza prestigiosa de su reinado, «el rey don Al[f]onso —escribe Mateo López— dio por armas y blasón a Cuenca una estrella de plata sobre un cáliz de oro, en campo rojo». Esta honrosa oferta de símbolos tiene una razón, y es que «se cree que la estrella fue en memoria de haberse puesto el cerco a Cuenca el día de los Reyes, y el cáliz por la misma causa, o por ser el distintivo de San Mateo, en cuyo día se ganó, por cuyo motivo dicho Santo es patrono de la ciudad» (Memorias históricas de Cuenca y su obispado, recogidas y ordenadas por el autor en 1787, volumen I, edición de Ángel González Palencia, Biblioteca Conquense, tomo V, Instituto Jerónimo Zurita del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ayuntamiento de Cuenca, 1949, p. 58). Tales finezas, además de afianzar una metáfora, contribuyen a formalizar la identidad histórica de la ciudad. Todo ello queda estampado, sin duda con esmero, en la escultura de Alfonso VIII que desde 1999 anima los jardines de la Diputación provincial. Obra de Miguel Zapata, la mencionada estatua se ciñe al diseño de este recinto, donde, a un tiempo, campea la historia y se organiza la vida institucional.
La edificación que nos ocupa fue construida en 1890, de acuerdo con los planos que trazó el arquitecto Rafael Alfaro. Aparte de ese contorno ajardinado que más arriba mencionábamos, dicho edificio dispone de otros atractivos. Para empezar, su estilo es muy sobrio y acata los patrones del neoclasicismo decimonónico, cuyo discurso estético se advierte en la fachada de dos plantas y asimismo en la buhardilla ideada por Arturo Ballesteros. Otra particularidad de esta empresa es la cuidada ornamentación. Por ejemplo, al pie de la escalinata principal, el visitante es recibido por dos bustos cincelados por Fausto Culebras: el que representa a don Alonso de Ojeda y el que moldea las facciones de Álvaro de Luna.
Ambas esculturas y otros detalles afines entretienen al curioso y se avienen a la sorpresa. Al fin y al cabo, en esto coincide la Diputación con otros enclaves de la ciudad, pues «la sobrerrealidad de Cuenca —escribe Federico Muelas— no sólo es cierta para el visionario que se pierde idealmente por los postigos que abren las creaciones de unos artistas singulares». El misterio es un asunto muy extendido y cualquiera puede disfrutar del descubrimiento insólito. O dicho de otro modo: «la emoción totalmente nueva del mundo sobrerreal que en Cuenca a todos nos espera, con solo subir en la alta noche las escaleras de una cualquiera de sus casonas, o andar y desandar el ovillo de sus callejas» (Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos, León, Editorial Everest, 1977, p. 25).