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Cuenca

2. Catedral de Nuestra Señora de Gracia

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Edificar una catedral como la de Cuenca es una cuestión de tránsito entre estilos constructivos diversos. Basta un gesto del maestro de obras, un parpadeo en los fondos recaudados o el creciente ímpetu de un nuevo alarife para que el equilibrio inicial se rompa y permita la entrada de novedades. En este constante ir y venir, la historia del conjunto catedralicio —en torno a la cual giró el apartado que dedicamos a nuestra arquitectura religiosa— engendra símbolos y añade ofrendas adicionales a golpe de cincel. A su manera, ya lo expresó el maestro Giraldo, canciller del rey Alfonso VIII, cuando escribió en el siglo xiii la crónica sobre la conquista de Cuenca. En ella dice que «el Señor Rey Don Alfonso, fizo y ordenó que la mezquita que los moros avían mando a los obispos que la consagrasen e antes sacaron muchos cuerpos de difuntos de los moros». Una vez variada la secuencia litúrgica, la ceremonia adquirió nueva identidad: «E lugar puso por la su mano, la Virgen Santa María, que a par de sí traiva en su puesto e digeron muchas misas e puso un obispo romano, Don Juan Yáñez, home de letras e de buenas costumbres» (citado por Francisco Gómez de Travecedo, Cuenca, Madrid, Publicaciones Españolas, 1959, p. 16).

La cita anterior nos sitúa en 1182, cuando los cimientos del templo gótico encajaron en el corazón de la ciudad. Las obras se sucedieron si tregua y en 1208 se dieron por concluidos la capilla mayor y el crucero. Con estos espacios abiertos al culto, la catedral pudo ser finalmente consagrada por el obispo de Osma y arzobispo de Toledo, don Rodrigo Jiménez de Rada. A mediados del siglo xiii, quedó concluida la fachada principal, elevada con donaire gracias a las torres del Gallo y de la Saeta. «En 1453 —escribe M.ª Ángeles Monedero Bermejo— se comenzó a derribar la sacristía mayor, el vestuario de los canónigos y la sala capitular que estaban entre ese espacio y el claustro, nivelando el suelo, muy irregular en esa zona». En adelante, las obras se intensificaron a partir de la nave norte, que fue incorporada de forma paulatina al conjunto. «Al mismo tiempo se dejaban realizados los arcos de ingreso a las futuras capillas que después se fueron vendiendo» («Cuenca gótica», en Aurea de la Morena, ed., La España gótica. Castilla-La Mancha: Cuenca, Ciudad Real y Albacete, Madrid, Ediciones Encuentro, Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, 1997, p. 99).

Parafraseando a César González-Ruano, podemos describir el templo como una conjunción de tres naves. La central es de doble anchura y todas están felizmente cubiertas mediante bóvedas de crucería de planta cuadrada. En cuanto al presbiterio, hoy nombrado Capilla Mayor, cabe destacar que exhibe un hermoso techado. Finalmente, en la girola se alternan las bóvedas de planta cuadrada, que son continuación de las naves. En suma, la cruz latina que dibuja la planta es sólo un punto de partida que admite nuevos reflejos y derivas (Guía de Cuenca y principales itinerarios de su provincia, fotografías de Francisco Catalá Roca, Barcelona, Planeta, 1956, p. 55). A medida que se sucedieron los artífices, también quedaron plasmadas nuevas transformaciones. Por ejemplo, se incorporó una girola de doble crujía (1448) y también nuevas capillas. Del conjunto formado por estas últimas cabe mencionar las siguientes: la capilla de Covarrubias, la de la Asunción, la de los Apóstoles, la de los Caballeros, la de los Muñoz, la de los Pesos, la de Nuestra Señora del Pilar, la de San Antolín, la de San Bartolomé, la de San Martín, la de San Roque, la de Santa Catalina, la de Santa Elena, la de Santa María y todos los Santos, la del Arcipreste Barba, la del Espíritu Santo, la del Obispo, la del Sagrario, la capilla Honda, la capilla Mayor, la Vieja y la Nueva de San Julián.

Por orden del Cabildo, en 1719 Juan Pérez comenzó a trabajar en la nueva fachada. Sus labores, no del todo eficaces, fueron retomadas con ánimo barroco por Luis de Arteaga (1723). En este punto de la historia, surge un detalle ajeno a la arquitectura pero muy importante para los feligreses. De hecho, la vibración del fervor religioso precisaba por aquel entonces de ciertos símbolos, y ninguno tan expresivo como los relicarios. Identificando esta afinidad electiva, Mateo López hizo el recuento de las reliquias de santos que existían en la Santa Iglesia Catedral a fines del siglo xviii: en la sacristía, un lignum crucis, en una rosa afiligranada de plata, donado por don Alfonso Clemente Aróstegui; otro lignum crucis, en una cruz de plata; la cabeza de San Acacio, en una cabeza de plata, y un hueso de dicho santo, en una mano que sirve para guardarlo; en otra mano, un hueso de San Mauricio; dos cabezas de las once mil vírgenes; y los cuerpos de San Inocencio, San Valentín y San Feliciano. La lista completa, suerte de inventario hagiográfico, abarcaría varias páginas más: es soberana y está regida por una poesía primitiva, punto de intersección entre el cristianismo preconciliar y los fervores de un tiempo pagano (Véase Memorias históricas de Cuenca y su obispado, recogidas y ordenadas por el autor en 1787, volumen I, edición de Ángel González Palencia, Biblioteca Conquense, tomo VI, Instituto Jerónimo Zurita del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ayuntamiento de Cuenca, 1949, pp. 313-315).

Los dos pisos superiores sufrieron un incendio por causa de un rayo que descargó sobre la torre en 1837. En el año 1850, el obispo don Fermín Sánchez Artes distinguió a la Catedral con una gran dignidad que la convirtió en Basílica Mayor. Pero este nuevo rótulo no sirvió para conjurar las desgracias. El 13 de abril de 1902 se derrumbó la torre de las campanas (el Giraldo), causando en su caída destrozos de gran importancia. Los encargados de la reconstrucción fueron, por este orden, Vicente Lampérez y Romea, Modesto López y José Manuel González.

La Catedral no busca la ecuanimidad estilística. De ahí que toda definición deba trasponer más de un declive. «Ejemplar único en España —escribe Gómez de Travecedo— dentro de su original estilo anglo-normando, puede considerarse toda ella como un emocionado exponente del arquitectónico afán de siete siglos de estilos artísticos» (op. cit., p. 16). Conocer este dato supone reconciliarse con un largo trecho de la historia. No obstante, adquiere mayor importancia el trabajo realizado a lo largo del siglo xvi, en el que se dio «un claro predominio del renacimiento y plateresco sobre el gótico». Las razones de esta florescencia arquitectónica se esgrimen a modo de ejemplos: «la construcción de la monumental portada del claustro, por Esteban Jamete, y de la capilla Muñoz, por Diego de Tiedra, hicieron desaparecer la antigua fachada norte del crucero y modificaron el tramo siguiente» (Monedero, op. cit., p. 99).

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