Tal vez, y no sin razón, las evocaciones históricas tengan siempre un ingrediente fingido, una sombra que postula antiguos brillos sin acertar a definirlos cabalmente. Tomemos, a modo de ejemplo, la típica arquitectura conquense del siglo xv, una de cuyas muestras más llamativas sería este conjunto de tres Casas Colgadas que hoy sirve para evocar las muchas otras casas que antaño se asomaron a la hoz del Huécar. No obstante, aunque tantos edificios respondieron a ese culto vertiginoso, la ruina, la dejadez y el destrozo voluntario acabaron con la mayoría. De ahí que sólo contemos con estos tres modelos restaurados, donde se alternan elementos del gótico popular y la efusión renacentista, organizados de acuerdo con el plan que en 1927 dirigió Fernando Alcántara. En este cauce de reconstrucción, culminado en 1978, se cruzaron diversos intereses estéticos, lo cual impide identificar plenamente estas Casas Colgadas con aquellas que en otro tiempo fueron propiedad de Gonzalo González de Cañamares y que sirvieron para alojar al primitivo consistorio.
Atendiendo a los balcones voladizos, tan característicos, Pío Baroja dijo de las Casas Colgadas que eran como un nido de águilas. Los rótulos que dos de ellas lucen —la Casa de la Sirena y la Casa del Rey— confirman que, como dijimos al principio, la visita nos sitúa en un territorio a mitad de camino entre la historia y la leyenda. En cierta medida, este propósito tiene un efecto físico: «toda la ciudad —escribe Federico Muelas— es un noble intento de ascensión, como si desarraigarse quisiera de la roca». Al tiempo, el abismo es desafiado por unos muros, frágiles en apariencia, «que los alarifes de Cuenca crearon con incorruptible madera de sabina y un leve entramado de cal, de yeso pardo, de plata empavonada». Y eso explica la eficacia del conjunto, que Muelas equipara al fuselaje de un avión. También dice el poeta que las gentes de Cuenca juegan con el espacio como lo hace el levantino con la pólvora. Vistas con esta perspectiva, las Casas Colgadas «son una muestra más de este común hacer, resto último de la serie que coronaba uno de los peldaños roqueros de la Hoz del Huécar» (Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos, León, Editorial Everest, 1977, pp. 25-30).